domingo, 21 de octubre de 2007

La Farmacia / AGOSTO - INACABADA


La primera vez que entré, aún la encontraba normal. La segunda, más o menos, pero a partir de la tercera, decididamente NO. En esa Farmacia están todos locos. Llevo trabajando cerca de dos meses en la tienda y estoy llegando a la conclusión de que es una especie de psiquiátrico, un centro de rehabilitación mental a puerta cerrada en el que los pacientes superan sus discapacidades a base de terapia: relacionarse con el público. ¿Cómo? Haciendo de dependientes. ¿Dónde? En una Farmacia, donde tienen todos los medicamentos a mano para tratar a los internos y, de paso, hacer de tapadera. Bueno, es una teoría un tanto insólita pero es que, en serio, no son normales.
Para comprender esta entrada un poco mejor, voy a dividirlo en varias secciones, de ese modo no me haré un lío enredándolo todo y, con ello, enredándoos a vosotros.

1) La televisión.


Hacen autopropaganda. El señor farmacéutico, que es un señor que debe tener unos doscientos años así, a ojo, coge todos los veranos una cámara de vídeo (de ésas de grabar comuniones y cumpleaños familiares) y con ella hace un anuncio-documental. Es instructivo, informativo, afirmativo (lo digo para cuadrar la frase) y… tremendamente freak. Comienza con unas grandes letras rojas que rezan: VERANO 2007. A continuación, un bonito enfoque de la carretera principal. Cinco minutos grabando, desde una esquina del arcén, a los coches que pasan de largo, la misma rotonda –que está quieta, claro-, la misma escultura ridícula que hay en el centro y el mismo edificio que se ve de fondo. La única emoción es un flipao de ésos que lleva el coche tuneado enseñando el dedo corazón por la ventana, en un atasco, con un gesto cariñoso (sutil ironía).

Después de una eternidad de matrículas, pasamos a la siguiente escena: la playa. Aparecen de repente un montón de personas mirando mosqueadas a la cámara, mientras ésta se tambalea, dando a entender que Don F (de farmacéutico) no se está quieto. Dos horas enfocando las olas del mar, otra hora más enfocando el cielo, otra hora más enfocando los edificios de primera línea… vamos, que aunque en realidad son dos minutos, se te hace eterno. Después se centra, como ya he mencionado antes, en las personas. Empieza a salir gente en bikini colocándose de tal manera que la cámara no les enfoque la cara. A pesar de ello siempre hay alguien que no reacciona a tiempo y no puede esconderse. ¿Cuál es su única opción? Salir con cara de malas pulgas. Y, la verdad, lo comprendo. Quiero decir, imaginaos la situación y poneos en la piel de las personas de la playa: estáis tan tranquilamente bañándoos, tomando el sol o simplemente no haciendo nada y, de repente, aparece un carroza con una cámara y se pone a acercar el zoom del objetivo a vuestra cara. Yo, la verdad, no sonreiría porque si al señor no lo conozco de nada, ¿para qué narices tiene que grabarme? ¡Que grabe a su tía! Y encima ligera de ropa. Bah, paso, me dan escalofríos sólo de pensarlo.

Bueno, estas dos etapas del vídeo (la carretera en pleno tapón y la playa con la gente medio cabreada) son una pequeña (resalto “pequeña”) introducción del anuncio. Es como una visión general del entorno que rodea la Farmacia. Si yo viera ese vídeo en la televisión, no iría.

Luego ya se centra en lo que es el establecimiento. Se ve la cámara temblorosa entrando por la puerta “mecánica” (yo la llamo la puerta asesina, porque si no te andas con ojo puedes correr grandes riesgos. En serio, tienes que ponerte en un ángulo exacto debajo del sensor para que la puerta te detecte y se abra a trompicones, y luego pasar rápidamente para que no te atropelle, porque aunque tarda siglos en abrirse, se cierra antes de que estés dentro). La primera imagen que tienes de la Farmacia por dentro es la de una señora que está tranquilamente haciendo su pedido a una chica sonriente en el mostrador (qué gran actriz ¬¬). La señora oye un ruido extraño tras sí, se gira y se topa de bruces con la cámara. ¡Sorpresa! –diría Don F- ¡Estás en el anuncio de mi local! La señora se pone de los nervios –lo comprendo- y, de repente, se le caen todas las monedas al suelo. Entonces Don F enfoca a la acalorada señora por detrás mientras ésta recoge su dinero rápidamente. Gran escena.
Después de eso la cámara se mete para dentro, y ahí es cuando comienza el verdadero anuncio. Empieza a mostrar las instalaciones (biblioteca, sala de pruebas, laboratorio, nosequédenosecuántos…) y, en cada habitación, enfoca todas las estanterías, todos los cajones, todas las probetas y todos los aparatitos que tienen allí. Es que es una Farmacia en la que se hacen ellos mismos sus productos, y luego los venden como si fuera eso Frenadol o Ibuprofeno. En cada sala empiezan a sacar rótulos, del tipo siguiente:
- Fabricación propia de productos
- Grandes especialistas titulados (ejem… ¬¬ )
- Cosméticos de alta calidad (¿?)
- Colocación de pendientes (me asusté)
- Salas blancas
- Salas limpias (igual que nosotros, que llevamos todo el verano con cucarachas)
- Salas estériles
- Tecnología punta a la hora de tratar nuestros productos (las máquinas que salen parecen lavadoras gigantes)
- Temperaturas adecuadas para cada situación (el tipo de situación no lo especifica)
- Análisis clínicos (tampoco especifica)
- Lotería de Navidad (¿¿¿???)
- ...
Pa que veas. Yo lo he resumido brevemente, pero el anuncio dura media hora, así, a lo tonto. Y por lo menos veinte minutos son de rótulos de ese tipo. Luego sigue con la presentación del Equipo F (de Farmacia), es decir, los Grandes Especialistas Titulados. Don F se pone a enfocar uno a uno a todos los que trabajan allí con él (que no son pocos) y poniendo el nombre correspondiente debajo de ellos.
- Sujeto L
- Sujeto T
- Sujeto A
- Sujeto R I
- Sujeto R II (no pone apellidos, pone 1 y 2. También podría haber puesto A y B, digo yo)
- Sujeto G
- Sujeto M (víbora, víbora…)
- Sujeto J
- Sujeto S
- Sujeto A de nuevo
- Sujeto no se qué…
Espectacular. Son al menos quince o dieciséis allí metidos. Y la cámara los enfoca a todos mientras atienden a la gente, mezclando potingues, delante de los ordenadores, concentrados en una fórmula… Y, claro, como son Grandes Profesionales, los que estén leyendo esto creerán que salen serios delante de la cámara, como si no hubiera nadie grabándoles los tabiques nasales (Don F será un Gran Especialista Titulado, pero necesita hacer un cursillo de zoom para las cámaras digitales)… ¡Pues no! Salen todos riéndose ante la imagen temblorosa, nerviosillos, tropezando, sacando la lengua (¡!), poniendo la mano delante del objetivo… Vamos, de seriedad nada. ¡Pero nada de nada, monada!

Y así transcurre el vídeo que, por cierto, va acompañada de música tecno de años anteriores. Éste lo ponen en una televisión de pantalla plana que tienen colgada en una esquina de la Farmacia y la gente cuando va y hace cola (es que siempre hay cola, quilométrica por cierto) se entretiene mirándola. Muchos ponen cara de desagrado también, o de circunstancias. Vamos, que el vídeo triunfa.

2) Los farmacéuticos.

Como ya he mencionado anteriormente, debido a la publicidad, hay, como mínimo quince personas en esa Farmacia. Pasaré a describirlos de uno en uno, aunque sólo a los más relevantes.

Está, como ya he dicho antes, Don F, el jefe. Éste es un ancianito simpático que suponemos que está casado con Sujeto L, la elegante. No sabemos cómo se llama Don F de nombre, así que lo llamamos Don F. Es, aparentemente, de los más normales. Hay, no obstante, cierto pique entre él y mi jefa. Bueno, mejor dicho, a mi jefa le gusta picarse con los de la Farmacia. Una vez fue a comprarse una crema para piernas cansadas fabricada por ellos (la crema tenía una textura gelatinosa y un color turbio impuro que, pa mí, que estaba caducada porque, además apestaba) y, cuando entró, coincidió con Don F. Se estaban saludando y todo eso cuando, de pronto, Don F puso el dedo en la llaga.
-¿Qué, mucho calor, eh?
Es que en la tienda en la que trabajo no hay aire acondicionado. Tampoco hay un ordenador que registre las ventas –sólo una caja como la que tiene la panadera de mi esquina- ni tampoco aparatitos de ésos que aceptan tarjeta de crédito. Es un poco tercermundista, pero no podemos quejarnos porque, para una vez que renegamos del calor, el jefe nos contestó: “recogiendo fresones se pasa más calor aún”. De todas formas, toda la gente sabe ya que no tenemos aire, así que mi jefa, cuando fue a la Farmacia ese día, consideró como un ataque el comentario más que normal de Don F.
-Pues fíjese usted –le respondió-, que aquí hace frío y todo.
En la Farmacia tienen un aire acondicionado que te cagas en las bragas, y se está de pm allí, por lo que, aunque mi jefa se estaba muriendo de envidia, le contestó de ese modo. Y, no quedándose contenta, añadió:
-Es que estamos ya tan acostumbrados a la temperatura ambiente (40º) que aquí refresca demasiado. Que pase un buen día.
Don F debió quedarse así O_O, pero como es un caballero no dijo nada. Aunque imagino que se quedaría mirándola con ironía y, por qué no decirlo, algo de recochineo.

Pasando de personaje, nos centraremos ahora en Sujeto L, la elegante. Ésta es una señora que también debe tener ya sus buenos lustros cumplidos y que, como ya he dicho, suponemos que está casada con Don F, porque siempre van juntos. Es una mujer (siento decirlo) fea. Más fea que pegarle a un padre. Además, siempre pone cara de asco. Se parece en cierto modo a un troglodita de éstos de la edad del Neandertal, sólo que con gafas y con el pecho caído. Pero bueno, todo esto son nimiedades en comparación con su inigualable elegancia natural. ¡Ah, es que es de fina ella! Se presenta a trabajar con la bata abierta, dejando entrever un jersey rosa combinado con unos bombachos verdes (¡!¿?) y, lo más importante, calcetines blancos por encima de la rodilla enfundados en zuecos de enfermera. Isabel Preysler se queda corta a su lado. Tsé.

Sujeto R II. Chica bajita, infantil, tímida e introvertida. Toda una Gran Especialista Titulada. La tercera vez que entré a la Farmacia (la vez fatídica) había una señora delante de mí que estaba preguntándole a Sujeto R II por un producto. Un bote de crema autobronceadora, en cuestión. La señora insistía en que se trataba de un bote con vaporizador, porque la crema era en forma de spray. Y Sujeto R II le repetía taxativamente que no, que imposible, que en spray no se había ni inventado. La señora salió de la Farmacia con un mosqueo impresionante, dejando paso a otro hombre que también estaba delante de mí (cola quilométrica, recuerda). Pero algo hizo cambiar de idea a la señora, porque volvió a entrar a la Farmacia (a cámara lenta y todo), jugándose la vida por segunda vez con la puerta asesina y con la cara desencajada por la rabia. Se dirigió al mostrador saltándose la cola (hazaña inigualable) y se encaró con otro Gran Especialista Titulado, el Chico Kawasaki (mi preferido).
-Mira, es que acabo de entrar y una compañera tuya me ha dicho que no tenéis el (nombredelproductoeencuestión) en spray, pero yo estoy segura de que sí que existe.
El Chico Kawasaki (o Sujeto A), que mide al menos dos metros, se dio la vuelta y, sin moverse del sitio, cogió un bote de una estantería que había detrás de él y se lo puso a la señora delante de sus narices. Ésta sonrió triunfadora y dijo:
-Si ya sabía yo…
Pagó y se fue. Claro, como comprenderéis, desde entonces no he vuelto a ver a Sujeto R II con los mismos ojos. Para mí ha pasado de ser una Gran Especialista Titulada a ser una incompetente. Una vez vino a la tienda y se compró una camisa. Parece buena gente.

Pasemos ahora a Sujeto M, la víbora. Es antipática con avaricia. Se cree la dueña de la Farmacia y eso que no es familia de los jefes. Debe tener veintisiete o veintiocho años, pero aparenta treinta y cinco. Y es de estúpida… bua, para parar un tren. A mí sólo me ha atendido dos veces, y doy gracias por ello. La primera fue para comprarle unas pastillas a mi compañera. Unas pastillas que van estupendamente para la resaca y el dolor de regla (?). Mi pobre compañera estaba casi viendo visiones de la resaca que traía, y como no podía ni moverse me envió a mí a sus recados (un beso desde aquí a esa peazo artista, muá). No estaba segura del nombre de las pastillas, así que lo escribió en un papel, el cual le mostré luego a Sujeto M, que se las da. Ésta lo leyó y empezó a reírse.
-Vale, no se llama de esa manera, pero sé a lo que te refieres (tonta) –no lo dijo, pero lo pensó, seguro.
Y la segunda vez… pf, ésa fue la peor. Fui, en una urgencia (jeje, en una urgencia… a la Farmacia…) porque en la tienda nos habíamos quedado sin monedas. Necesitábamos cambio urgentemente, y mi compi, después de intentarlo en los bazares que también colindan con la tienda, me dijo que lo intentara en la Farmacia. Me dirigí con un billete de veinte euros (para que me diera cinco de dos y diez de uno –o incluso de cincuenta céntimos algo-) y se lo pedí con mis mejores modales y con mi cara más trágica (urgencia, recuerda).
-No puedo –respuesta seca.
-Por favor, por favor, por favor.
-Ay, está bien, te daré cinco euros, pero no os vayáis acostumbrando que todos los años venís a pedirnos algo. ¡Nosotros nunca hemos ido a pedirle cambio a nadie!

Se lo comenté a mi jefa en alguna ocasión. Para variar, saltó (es que los vecinos la ponen muy nerviosa).
-¡Anda con la lista! Pues si ya no nos ayudamos ni entre compañeros, a dónde iremos a parar. ¡Esa lo que pasa es que cree que la Farmacia es suya! ¡Es una (palabras censuradas)! ¡Ya le diré yo a Don F lo maleducados que son sus empelados, ya!
Y siguió. Se pica con facilidad, pero, en cierto modo, la comprendo.

Luego sólo me queda Sujeto A, que es un poco pija. De ella no tengo nada que censurar, sólo que es algo tiesa y que únicamente habla castellano a pesar de ser del pueblo. Mi comps la conoce y fue a la boda de su hermano. Dice que es maja.

3) Los moteros

Son dos. Y tienen tela pa parar un camión. Todo empezó las primeras semanas cuando, todos los días, aparcaban delante de nuestra tienda dos enormes motos de carretera. Una Kymko negra (bonita, por cierto) y una Kawasaki roja más grande aún. Mi comps y yo las mirábamos siempre, preguntándonos de quiénes serían, hasta que ella un día se dio cuenta y me lo dijo.
-¡Son de los de la Farmacia!
-Ahm.Y no le di más importancia. Como son tropecientos y la madre en la Farmacia, no sabía quienes eran “los de la Farmacia”. No me fijaba. Pero todo eso cambió un inocente día en el que tuve que ir a ese establecimiento por cuarta o quinta vez –después de la fatídica. La razón es que a principios de verano me acometieron unos terribles ataques de tos asmática que tuve que tratar a base de jarabes, inhaladores, caramelos, etc, por orden de mi doctora. Eso me llevó, cómo no, a ese lugar. Y la vez que siguió a la fatídica (llamada a partir de ahora LA vez) resultó ser que me tocó el turno a mí en seguida porque, para variar, no había nadie. Lo normal es que, a pesar de que haya dos personas, tengas que estar horas y horas esperando, porque esas dos personas serán, seguramente, gente mayor, que como tales se comportan.
-Mira, reina, que me ha dado el médico esta receta y me ha dicho que venga a la Farmacia, ¿sabusté? Que estoy mala de la cadera y tengo que ponerme estos antinflamatorios.
-Ya, pero es que estas pastillas son para la espalda –respuesta del Gran Especialista Titulado de turno-. Actúan en especial en la zona de los omóplatos, no puede ser. ¿No serán estas otras, que el nombre es casi igual y sólo cambia una letra? Estas sí que son para la cadera.
-No, no, son esas, que son las de la cadera, que me lo ha dicho a mí Fernández, que lleva veinte años atendiéndome –la señora no baja del burro.
“Pobrecito”, pensará el Gran Especialista Titulado, “Tendrá unas ganas de jubilarse…”
-Además, eso es que no entiendes su letra –añade la señora, frunciendo el ceño ya.
“Error”, pensará de nuevo el Gran Especialista Titulado (GET), “Los farmacéuticos tenemos la misma caligrafía que los médicos”. Que digo yo, ¿no podría el Gobierno repartir gratuitamente cuadernillos Rubio para todos los Licenciados en la especialidad de Medicina? Por el bien público, más que nada.
Vamos, que el GET se arma de coraje, sonríe, le da la razón a la señora y le mete las pastillas que le da la gana. La señora se conforma, paga y se va. Bueno, y eso si el GET en cuestión es listo. Que me ha pasado que algún que otro GET sigue discutiendo, y se me ha hecho de noche allí en la cola.

Pero bueno, volviendo al caso, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda.

Yo, en mi inopia, me adelanté al mostrador como cualquier otra persona normal y me coloqué delante del dependiente, que resultó ser un chico joven (unos veintiséis le echo yo), con entradas y gafitas. En la primera ojeada que le eché no descubrí aún el brillo de locura de sus ojitos, pero en la segunda ojeada me quedé de piedra. La situación fue la siguiente:
Entro tranquilamente y digo “buenas”.
-¡Hola! –respuesta entusiasmada.
-Verás, necesitaría unos caramelos que calman la tos. El otro día me pusieron unos que van muy bien –y le digo los que eran.
-Claro, sí, es verdad, son muy efectivos –de repente, sin razón aparente, su mirada baja gradualmente de mi cara a, hablando claro, mi escote. Con tal descaro que me quedo un poco perpleja.
o_O
Silencio.
-Los caramelos –le recuerdo, inquieta.
-Ah sí, lo olvidaba –tic-tac, tic-tac, tic-tac, me quedo he-la-da.
¿Que lo olvidaba? O_O
Me los pone, me cobra (mejor dicho, les cobra) y, cuando estoy a punto de salir disparada, me retiene (ejem, las retiene).
-¿Qué, mucho trabajo?
¿Por qué no me mira a la cara? ¡Es asqueroso, Dios!
-Eh… sí, no, bueno…
-Nosotros aquí poco –les dice-. Este año no hay gente casi.
-Ya… -intento girarme y me cubro con el pelo todo lo que puedo. Y eso que mi escote no es de esos exagerados que llegan hasta el ombligo. Es normal.
-Y el tiempo… ¡uf! Muy revuelto.
Pero ¿te quieres callar ya, guarro? Revuelto mi estómago, que no sé ya ni a dónde mirar (lo cual no es el caso de él ¬¬). Joé, un poco más y se caerá dentro, leñe.
-Ah… bueno yo me voy, ¿eh?
-Muy bien… hasta luego.
Salí tan aprisa que me salía humo por los pies.
Desde entonces, es comprensible que este muchacho me de miedo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja,ja,ja. Desternillante, delirante, fascinante.
Creo que en otros tiempos yo frecuentaría esa farmacia, sería un cliente habitual.
De hecho antes era adicto a las farmacias, me encantaba comprarme pastillitas, vitaminas, etc, para todo. Me automedicaba. Hasta que me percaté de que era una absurda superstición, que en realidad no necesitaba nada de eso.
Bueno, me ha gustado mucho, ha sido todo un relato. Un besito.

Luli dijo...

Me alegro de que te haya gustado el relato, aunque está inacabado. No sé cuándo, pero lo acabré, jeje, que esa farmacia da para mucho más de lo que yo pueda llegar a contar.

Bszzos!