jueves, 26 de marzo de 2009

Una cita



Nunca debemos avergonzarnos de nuestras lágrimas, porque son la lluvia que limpia el polvo cegador de la tierra a que a veces cubre y mancilla nuestro endurecido corazón.



Charles Dickens, Grandes Esperanzas.

lunes, 23 de marzo de 2009

¡Cobardica!


Queridos lulilectores...


Tengo otra pequeña anécdota que contaros.


Resulta que anoche estaba yo leyendo tranquilamente en mi cama. El libro en cuestión, Grandes Esperanzas (de Charles Dickens) me estaba pareciendo muy interesante, y en cierto modo, un tanto espeluznante, porque aparecen algunos personajes bastante misteriosos que me ponían los pelos de punta.


De pronto, sin venir a cuento, un enorme antojo de natillas me invadió. Me apetecía un montón comerme una natilla con galleta y canela. No os lo podéis imaginar, la terrible fuerza que iba adquiriendo ese antojo, una cosa exagerada.


El problema era que mi padre estaba abajo en el salón mirando la televisión, y yo sabía que no podía bajar a comerme la natilla, porque me reñiría por comer a deshora. También estuve calculando por unos momentos la posibilidad de robarla disimuladamente de la nevera y meterla debajo del pijama, pero también deseché esa idea porque sabía que las natillas estaban en el pack indivisible y harían demasiado ruido al separarlas, además de que mi padre en seguida se hubiera dado cuenta de que la nevera estaba abierta.


Así que, tras analizar concienzudamente estas opciones, no me quedó otra que esperar a que mi padre se cansara y se marchara a dormir. Para entretenerme y olvidar las espinosas natillas me concentré todo lo que pude en la lectura, que cada vez me parecía más espeluznante.


Y nada, llegó mi hora. Oí a mi padre subir la escalera (con sus típicos pasos) y aguardé unos diez minutos. Me dije: "Es muy tarde, Luli, ¿seguro que te apetece ahora destaparte, salir de la cama calentita, bajar silenciosamente y comerte una natilla?". Mis pies respondieron por sí solos.


Así, procurando no hacer ruido, me deslicé con sigilo de mi habitación, en dirección a la cocina. Y fue en ese preciso instante cuando un gran temblor me recorrió el cuerpo de pies a cabeza. La casa estaba sumida en un denso silencio, solo se oía la fuerte respiración de mi madre (aunque parecía como un eco) y todo a mi alrededor era oscuridad y sombras danzarinas. Yo, que iba por el escalón ocho (hay quince, SIEMPRE los cuento, me tranquiliza) no pude evitar detenerme y girar la cabeza rápidamente, como si alguien hubiera pasado por detrás de mí.


Pero yo sabía que no había nadie. Sabía que estaba en mi casa, a la una y media de la madrugada, bajando las escaleras para robar natillas del frigorífico -cosa que, por otro lado, he hecho muchas veces, aunque no siempre eran natillas- y también era consciente de que mi familia al completo estaba arriba durmiendo pacíficamente.


"Luli, no seas ridícula, no hay motivo alguno para tener miedo de nada", me repetía a mí misma insistentemente. Sin embargo, me venía a la mente una y otra vez la imagen de Miss Havisham (una vieja loca vestida de novia delante de un funesto tocador) y también la del presidiario fugado de la cárcel (hablo del libro), y esos recuerdos me llevaban a pensar en escenas de la película Los Otros y, qué queréis que os diga, me daba muy mal rollo.


¿Es posible que, con 18 años, aún me vengan ramalazos de terror cuando estoy sola en la oscuridad, en mi propia casa, como cuando era niña? Juraría que esa etapa ya la tenía superada, pero los estremecimientos que me vinieron en el escalón número ocho son purebas fehacientes de que me llevé un pequeño susto al ver las sombras y notar la aparente quietud que se percibía en el ambiente. Yo casi deseaba que algún asesino me apareciera súbitamente por detrás, para poder dar un salto o un grito y aliviar la tensión. Y eso que nunca he sido muy miedosa en ese aspecto, pero ya ves, menuda sorpresa me llevé.


Opté por bajar corriendo el tramo que me quedaba y, nada más entrar en la cocina, encendí la luz del fondo (en contra de lo que me había propuesto, para no alertar a mi padre) y cogí la primera natilla que vi en la nevera, y una cucharilla.


Subí corriendo como alma que lleva el diablo y, una vez estuve sentada en mi cama, con el flexo encendido y en la tranquilidad de mi habitación, me comí con fruición la deseada natilla que, por otro lado, me consoló bastante, aunque la encontré demasiado líquida para mi gusto.


Me dormí, más extrañada por mi propio miedo que otra cosa; eso sí, tapada con el edredón hasta la cabeza. Sé que más de uno me hubiera dicho: ¡Cobardica!


Besazzos,


*Luli*

jueves, 19 de marzo de 2009

Heaven must miss an angel...



Queridos lulilectores...


He tenido una semana muy ajetreada. Han sido fallas. En general, me lo he pasado estupendamente.


Quiero dar las gracias desde aquí a unos ojos de color azul cristalino que me han devuelto la sonrisa en más de una ocasión. No es la primera vez que veo esos ojos, tampoco la segunda, ni siquiera la tercera.


Ya van casi tres años desde la primera vez que nuestras miradas se cruzaron en silencio. Gracias por saber que existo, y gracias por hacérmelo saber. Es todo cuanto necesito.


Besazzos,


*Luli*
P.D.: por cierto, esta es la entrada nº 100 =)

miércoles, 4 de marzo de 2009

Y tú, ¿eres feliz?




Queridos lulilectores...


Hay cosas que te hacen reflexionar en la vida. ¿Recordáis cuando hablé sobre Amèlie? Hoy -ahora- acabo de ver otra de esas películas que, por alguna extraña razón, te dejan huella. La película en sí es una pastelada americana para adolescentes, se llama The Perfect Man, con Hilary Duff, acaban de echarla en Canal 9, pero tiene... ese algo.


Aparecen esos valores tan interesantes que alguna vez he comentado. Habla sobre las relaciones entre las personas: ¿huir es la opción correcta cuando alguien te hace daño? ¿Cómo reunir el valor necesario para afrontar los problemas, las preocupaciones, los miedos? ¿Cuál es el camino correcto a seguir? ¿Cómo encontrar ese camino?


¿Sabéis? Hoy me apetece hablar de la felicidad. ¿Qué es la felicidad? ¿Quién es feliz y quién no? ¿Dónde está la línea que separa estos conceptos? ¿Qué es necesario ser para ser feliz? ¿La felicidad es un fin o es un medio? ¿Soy la única tonta que se hace estas preguntas o solo soy una más del montón, del enorme montón, que no hallan las respuestas de estas preguntas?


Muchas mañanas me levanto, me miro al espejo y me digo: soy horrible. Si tuviera la espalda más estrecha y la nariz más fina, sería perfecta. Si fuera perfecta podría llevar esa ropa que tanto me gusta: camisetas pequeñitas de tirantes que tan bien les sientan a los maniquís y a las chicas finitas, pero que a mí no me favorecen. Si pudiera llevar toda esa ropa y fuera más mona de cara, sería más atractiva, podría presumir de ello. Llevaría peinados pijos, quizá me lo tendría un poco creído, me sentiría guapa y popular. Pero, como no tengo nada de eso, me sigo viendo horrible.


Sin embargo, muy pocas veces me paro a pensar: ¿Eso que quiero realmente me haría más feliz? ¿Ser guapa y popular es el equivalente a ser feliz? No, me contesto, hay muchas chicas que son guapas, ricas y famosas y tampoco son felices, eso lo sabe todo el mundo, no hay que ser tan ingenuo. Pero esto, en vez de tranquilizarme, me inquieta todavía más.


Yo comprendo que una persona que vive, pon por caso, en Nigeria, que no tiene un techo bajo el que vivir, que no tiene agua ni comida, apenas tiene ropa, vive en la más absoluta miseria, tenga que alimentar a sus hijos (o venderlos para poder comer), que contraiga enfermedades... en fin, comprendo que no sea del todo feliz.


Pero entonces... una persona que lo tiene todo, o que, al menos, tiene todo lo que en Nigeria la mayoría de la gente no tiene, posee dinero, una familia, amigos, cierta reputación, el coche... esas cosas materiales que mueven nuestra sociedad; si esa persona no es feliz... ¿por qué es?


Yo, por ejemplo, tengo un montón de cosas.


-Tengo un ordenador portátil de uso personal.


-Tengo un teléfono móvil, una cámara de fotos y un iPod nano de 4GB.


-Tengo una habitación propia con balcón.


-Tengo montones y montones de libros.


-Tengo ropa y un armario con espejo (el de mi hermana no tiene espejo).


-Vivo en una zona con buen clima, cerca de la playa.


-Tengo amigos y una familia que me quiere.


-Voy a la universidad.


-Soy trilingüe.


-Entre otros.


No obstante, no me considero una persona feliz. No me despierto por las mañanas con una sensación de paz que me permita estar en armonía con el mundo. Más bien, cada vez vivo más y más frustrada, por cualquier tontería me enfurruño. Este año, por ejemplo, me he sentido muchas veces terriblemente desdichada por no poder vivir en un piso en Valencia. Quería cambiar de aires deseperadamente, largarme de mi pueblo, ir fuera. Ansiaba una mayor autonomía, más libertad.


El Señor D, tan simpático él, se rio en mi cara. Me dio con la puerta en las narices y tan contento. Adiós, muy buenas, yo no te conozco y si te he visto no me acuerdo. ¿Y qué hice yo? ¿Acaso me alegré porque, al fin y al cabo, había entrado a la primera en la carrera que quería sin ninguna preocupación, sobrada de nota, cuando otros se habían tenido que quedar fuera porque no quedaban plazas? ¿Acaso me conformé con quedarme en casa donde, después de todo, mi madre hace casi todas las tareas domésticas, cocina y vivo sin más molestias de las habituales?


Noooo, habéis acertado todos. Empecé a quejarme y a compararme con otros. Por ejemplo, con Sujeto B, la chica que una vez puse a parir y que parece que haya vivido toda su existencia en un cuento de hadas. Yo había estudiado más que ella en Bachiller, tenía mejor nota, me había sacrificado más, tenía ochos donde ella sacaba cincos o seises. Y, sin embargo, ella ahora vive tan contenta en un piso con una de las chicas con las que iba a vivir yo (para más inri), está superfeliz con su supercarrera y, además, no le importa restregárselo a quien convega por los morros. Pero no solo es eso, había un montón de cosas más que no eran de mi gusto, a saber: ir y venir en tren todos los días, tener que levantarme dos horas antes que el resto de mis compañeros, no poder ir a las fiestas y cenas sin tener que depender de alguien, tener que seguir soportando a mis padres y a mi hermana...


Volvemos a lo de antes: si estuviera en un piso y no tuviera toda esa parafernalia de la que despotricar... ¿sería feliz entonces? ¿O, conociéndome como me conozco, encontraría otros cien motivos más para sentirme insatisfecha? De nuevo, opción B.


Hm... por lo visto, pues, no se trata de tener cosas. ¿Tal vez el amor tenga algo que ver? Una amiga mía -aunque vive en el País de las Maravillas- cree que la felicidad solo se puede conseguir si estás enamorada. Perdón, corrijo, si estás enamorada no. Si tienes novio. Su mundo gira en torno a los novios. Recuerdo que, cuando estaba soltera, se pasaba las largas horas que charlábamos por teléfono repitiendo que su vida era una mierda porque estaba sola. Yo todo era decirle que no estaba sola, que tenía una familia, amigos con quien hablar, que la escuchaban, que la apoyaban. Y ella, obstinada, que no, que estaba completamente sola. Que las chicas con novio siempre tenían alguien a quien llamar para que les hiciera compañía, para que las mimara. Me puso de ejemplo a todas nuestras amigas de la pandilla. Ajá. Bien. ¿Y?


Ahora ella tiene novio y se ha sacado el carné de coche (a la cuarta, esa es otra de las grandes cosas que afectaban a su felicidad). La última vez que hablé con ella parecía como si flotase en una nube. La habían cogido como cantante en una orquesta (Ella ya ha triunfado*), para colmo, y estaba supercontenta con el planeta, con sus habitantes y demás milagros. Me dio una envidia cochina escucharla, después se me pasó y estuve reflexionando largo y tendido sobre ello. Vale, tiene novio, pero el novio siempre la está maltratando, me dije, la hace sufrir y muchas veces me llora por teléfono contándome la última. Y se va a dejar la carrera porque quiere estudiar magisterio. En vez de aprovechar el año, se pasa la vida en la calle, fumando porros y dando vueltas en el coche. Es inculta e ignorante, aunque inteligente, eso sí. Es escandalosa. No recuerda que su vida antes estaba vacía, exageradamente vacía, porque estaba sola, y ahora está ¿exageradamente llena?


¿Sería yo feliz si tuviera un novio? Yo, lo último que tuve relacionado con los "novios" fue un rollo de una noche que me desmontó todos los esquemas y que ahora me carcome día y noche el cerebro. Es más, por mucho que ahora El Listo se dejara a su pava novia y se viniera conmigo, tampoco lo disfrutaría porque sé que es un cerdo traidor, y no podría vivir tranquila, siempre estaría pensando mal de él, lo cual no creo que contribuya mucho a ser feliz. Bueno, en contraposición mi hermana está enamorada y se la ve más contenta desde hace unos meses. Quizá influya. Pero no creo que sea un factor decisivo.


Entonces... ¿cómo demonios se es feliz? Yo supongo que mi mayor problema está en que tengo un modelo equivocado de la felicidad; la literatura, las películas, las influencias externas nos han inculcado un falso ideal sobre la verdadera esencia de la felicidad. Entre todos le han dado forma a esa palabra y, por ello, nos vemos obligados a creer que, de hecho, es así. Todo lo que no se ajusta, no es felicidad. Si no eres guapo, no puedes ser feliz. Mucho menos si no eres rico. Si no tienes piso en Valencia, si no tienes novio, si no tienes carné de conducir, no eres feliz. Y, lo que es más, tienes que asumirlo. Parece que el mundo entero me está gritando: ¡¡¡QUE TÚ NO TIENES DERECHO A SER FELIZ!!!


Pero... ¡es que quiero ser feliz! Ahí está el quid de la cuestión. Quiero ser feliz a pesar de no tener ni piso, ni dinero, ni belleza, ni novio, ni todas esas monadas. Esto, literalmente, significa que, como no soy feliz porque no tengo ninguna de esas cosas, quiero aprender a serlo a pesar de ello. Que alguien me muestre el camino, el modo.


La felicidad está en las pequeñas cosas... salta mi padre. En el día a día. En las personas que te rodean. Mentira. Eso me suena a hueco. Sí, porque lo pienso y, de nuevo, llego a tristes conclusiones. ¿Acaso soy feliz cuando mi madre me dice "pon la mesa"? No. ¿O cuando estoy recogiendo la ropa tendida? Tampoco. Y, si lo soy, no me entero. A lo mejor es eso. No sé apreciar la felicidad cuando la tengo delante de los morros.


¿Eso quiere decir que la felicidad entonces no es ese sentimiento grandioso y puro que te hacen ver en las peículas? ¿Que, en realidad, la felicidad es tan ínfima y discreta que no somos capaces de percibirla cuando se presenta? ¿Es felicidad, por ejemplo, la ilusión que me hace ir a Torrevieja este fin de semana? Pero... en ese caso... ¿es infelicidad la rabia que me da el hecho de que ahora le haya dado al tiempo por llover? ¿Es felicidad un rato de risas con amigos? ¿O ver una película ñoña que te toque la fibra? ¿O tener pan y agua cada día sobre la mesa? ¿O, más abstacto aún, dar las gracias a la vida?


Quizá, si alguien ha contestado que sí a estas preguntas, deba plantearme otra más: ¿Somos todos felices pero estamos tan ciegos que no sabemos valorarlo? ¿Es más feliz el nigeriano, en su miseria, que la supermodelo rica y famosa? Si así es... ¿cómo lo ha logrado? ¿Cómo puedo lograrlo yo? ¿Cómo ser feliz o, si lo soy, darme cuenta de ello? ¿Ser feliz es mi objetivo? ¿Y qué haré cuando sea feliz? ¿Se me acabarán los problemas? ¿Ser feliz significa no tener preocupaciones? ¿Mi vida cambiará con la felicidad? ¿En qué aspectos? ¿Por qué?


...


¿Y tú? ¿Tú eres feliz?



Besazzos,


*Luli*




* Ella ya ha triunfado. Consultar la entrada para más detalles. También sirve la de Me altero. Tratan de la misma persona.

domingo, 1 de marzo de 2009

Preparando un finde




Queridos lulilectores...


Hoy, día uno de marzo, toca hacer balance del pasado mes y renovar los propósitos.


Los de febrero los he cumplido a medias, igual como pasó en enero, me estoy dando cuenta de que es más difícil de lo que me pensaba. Aunque, fíjate, esta vez ha sido al revés, me ha sido más sencillo controlar mi genio que ducharme con el guante de crin, cada vez me daba más pereza... siempre he encontrado alguna excusa: que si me he pintado las uñas y con el guante se me estropearán, que si por la mañana no me apetece... en fin. A pesar de ello, he estado siguiendo cierta rutina (he seguido con los rituales mañaneros de la cara), lo cual me ha concedido cierta estabilidad.


Febrero ha sido un mes extraño: muy frenético y desordenado. Se me han juntado varias cosas que me impedían seguir un ritmo habitual, puede decirse que ha sido como un período de adaptación que, por desgracia, no creo que haya terminado porque ahora en marzo son las fallas y no habrá calma que valga. A principios todavía estaba de exámenes, y después tuve que aprenderme un nuevo horario que no me acaba de gustar. Todas las semanas he estado de fiesta por alguna razón u otra (la cena de finales de exámenes, Requena, otra vez de discoteca...); de hecho, este ha sido el primer fin de semana que me he quedado en casa, pero en casa de verdad, sin moverme del sofá y consumiendo una película tras otra.


Además, me ha dado que pensar. He estado filosofando bastante sobre el sentido de mi vida, de la existencia en general, del por qué de las cosas. Quizá me anime algún día y divague aquí sobre ello. También he escrito muy poco en mi diario (mi otro diario, el de papel) y, sobre todo, he estado triste por culpa de... bueno, ya sabéis quién. Me da mucha rabia, me deprime y me desespera al mismo tiempo. Encima, me ha bajado la regla, supongo que eso contribuye bastante a mi malhumor.


En estos momentos sólo me animan los planes que tengo para el fin de semana que viene: me voy a Torrevieja con algunos compañeros de clase los días 6, 7 y 8. La idea, en un principio, era salir de la Comunidad Valenciana, pero como nos salía muy caro decidimos en última instancia decantarnos por el concierto que hará Kate Ryan en Pachá el sábado por la noche, y quedarnos a dormir en un aparthotel. Pero lo que cuenta es en realidad pasar un rato agradable entre amigos y ver un poco de mundo, despejarnos de nuestras preocupaciones.


Y... contado esto, sólo me queda publicar los nuevos propósitos, esta vez serán fáciles para no tener excusa alguna en abril a la hora de haberlos cumplido.


*CUERPO*


LAVARME LOS DIENTES TRES VECES AL DÍA EN LUGAR DE DOS


*MENTE*


LEVANTARME CADA DÍA CON UNA SONRISA PINTADA EN LA CARA


Besazzos,


*Luli*