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jueves, 22 de julio de 2010



Queridos lulilectores...

Os traigo hoy un tema que en los últimos días me ronda por la cabeza, relacionado con mi trabajo.

Supongo que todo se debe a que soy una persona extremadamente egoísta, o esa es la impresión que me estoy dando a mí misma, mientras yo sola voy pensando lo que os voy a contar a continuación. Empezaré desde el principio, como siempre.

Sabéis que trabajo en una tienda de ropa en la playa de mi pueblo, de dependienta. Pero no estoy sola, sino que conmigo suelen estar la jefa y otra compañera más en tienda, que este año, casualmente, es también amiga mía. Hace dos veranos también estaba con una amiga, por lo que, al ya haber tenido esa experiencia, si os soy sincera, no la habría repetido (de haber podido elegir).

Porque trabajar con una amiga no es lo mismo que hacerlo con una compañera que no conoces de nada, y a la que no verás más una vez que sales fuera del curro, y que realmente te da igual lo que piense de ti. No. Trabajar con una amiga tiene unas ventajas... sí, pero también unos inconvenientes. Te lo pasas en grande con ella, puedes hablar con mucha libertad de cualquier cosa, te ríes mucho... pero a mí no es algo que me apasione.

En este caso, porque al ser yo la empleada “veterana”, por decirlo de alguna manera, y al saber cómo funciona la tienda, cómo hay que llevarla, etcétera, se supone que tengo que instruir y corregir a la nueva; es decir, actuar como una compañera. Pero “darle órdenes” a una amiga tuya... no es tan fácil. Y, obviamente, hay que hacerlo con sutileza, para que no parezcan órdenes, sino recomendaciones, consejos o indicaciones suaves.

Peeeero (y aquí está el quid de la cuestión), resulta que, si lo haces con mucha delicadeza, no lo pilla. Conclusión: el trabajo que tú “mandas”, es decir, el trabajo que hay que hacerse pero que tú no puedes hacer en ese momento porque estás ocupada en otra cosa, no se hace. O tú tienes que optar por hacer las dos cosas a la vez, lo cual, pues no mola.

En este caso, se trata de “la distribución” de la tienda. En la tienda hay como dos zonas básicas, delante y detrás (conocidos como fondo norte y como fondo sur), y ambas deben estar atendidas. ¿Qué pasa? Que la zona de delante es, con mucho, más interesante que la de detrás, por distintas razones: tiene el acceso a la calle, los escaparates desde donde se ve pasar a toda la gente, también es donde está la caja registradora con el ordenador, y se está más fresquito. Pero, aun así, no podemos dejar de lado la parte trasera de la tienda, que es donde más amontonada se encuentra la ropa, porque a la mínima que la descuidamos, se queda hecha una leonera, llena de ropa por el suelo y zapatos colgando de las perchas (increíble, pero cierto).

Entonces, lo habitual suele ser que una esté en la parte delantera, y la otra en la trasera, a no ser que alguna de las dos esté atendiendo a un cliente. ¿Cuál es el problema? Seguro que ya lo habéis adivinado: que mi compañera siempre se pasa la vida en la parte delantera. Y yo, me cabreo.

A ver, me cabreo, no en el sentido estricto de la palabra, porque en ningún momento me pongo a gritar ni nada, ni pierdo la calma (como mucho, me muestro taciturna durante un rato y punto), pero es que en esos momentos a mí me dan por dentro accesos de rabia que me tengo que tragar, y es una sensación muy desagradable.

Me enfado porque yo ya le comenté una vez cómo funciona el sistema de “la distribución”; es decir, ella está enterada de que tiene que haber una delante y una detrás, pero parece ser que lo ignora completamente, y atrás no va nunca. Se pasa la vida en la caja, cobrando a las clientas o parada delante del ventilador mientras me habla con entusiasmo (o asomada a la terraza para ver quién pasa); a la vez que yo, sudando como loca, corro de un lado a otro en busca de prendas en el suelo,ropa mal colgada y desastres por el estilo. Y me jode, con el perdón de la palabra.

Me jode porque, obviamente, cobrar es más divertido y entretenido, y ver quien pasa también, y es una cosa que a mí también me gusta más que corretear de aquí para allá como la chacha de turno. Y es que la cosa está en que ella se aferra a la caja como una de esas aves carroñeras a las presas, ¿entendéis?, porque a veces estoy yo en la caja, cobrando, y ella se empeña en cobrar a la vez que yo, de manera simultánea a otra clienta, no sabe decirle a la clienta: “Espérese un segundo que mi compañera (yo) le cobrará en seguida”; no, ella lo tiene que hacer a la vez.

Y eso a mí me enciende, pero mucho. Porque además, está comprobado que cuando yo estoy en caja, ella tampoco va al fondo, o va solo cuando se lo insinúo (o cuando voy yo, porque ella me sigue para charlar), y está poco rato en la parte trasera, casi siempre en la puerta. Pero si viene el jefe y ve la leonera que se monta, nos llama la atención, y claro, al ser mi compañera también mi amiga, no puedo decirle directamente: “ves y arregla”, sino que me tengo que aguantar y hacer yo misma ese trabajo, porque el trabajo se tiene que hacer igualmente, ya sea yo o ella.

Pero el caso es que, por el hecho de no mandarle yo trabajo a ella, yo hago el doble, y por hacer el doble, estoy pensando en todo y me queda poco tiempo para rondar la caja de todas formas. Y cuando ella se va (es que lo pienso ahora y me subo por las paredes), a parte de que la tienda queda vacía de gente, viene mi jefa y TAMBIÉN se mete en la caja sentadita, charlando conmigo, mientras yo (que no puedo estar de brazos cruzados) ando por ahí arreglando la puñetera tienda.

Vamos, que ando pringada de narices, haciendo lo mío y lo de mi amiga-compañera. ¿Y por qué no se lo cuentas a tus jefes de manera indirecta, con delicadeza y como quien no quiere la cosa? Finamente, podría perfectamente decirles que a mi compañera le gusta mucho la caja y que sale poco a “montar guardias”; claro, claro que podría. Es lo que haría a una compañera... pero es que... eso no se le hace a una amiga, ¿verdad que no? Sería malmeter por malmeter.

Y si no malmeto, me como yo el trabajo de novata. Creo que una parte de culpa la tiene mi autoexigencia, porque a mí las cosas me gustan bien hechas. Yo soy incapaz de pasar por al lado de un pantalón que está en el suelo, verlo, y no colgarlo en una percha. Mi compañera, en cambio, lo rebasa alegremente y ni se da cuenta. O, quizá, como he comentado al principio de la entrada, soy una egoísta intolerante y no tengo remedio.

Pero yo me veo bastante fastidiada, porque el trabajo más chuli de la tienda lo estoy haciendo más bien poco, y estoy pringando como una condenada. Y es que justo eso me pasó hace dos años ya, con la otra amiga que entró a trabajar conmigo (también por casualidad, no porque yo fuera pregonando el puesto por ahí), y ahora otra vez... ¿es o no es mala suerte, lo mío? Asco de Señor D.


Yo siempre he creído que lo mejor es separar la vida laboral de la personal; y la experiencia me ha dado la razón. Vaya mierda de situación en la que estoy envuelta, sin comerlo ni beberlo. Pfff...


Besazzos,

Luli



P.D.: ¿Algún consejillo?

jueves, 15 de julio de 2010

Veraneando -ando...




Queridos lulilectores...


Sé que me tomaréis por una embustera sin credibilidad, porque siempre ando diciendo lo mismo: "Ahora no tengo tiempo, actualizaré más adelante, blablablá..." Vaya, los más antiguos seguidores ya me conoceréis, y sabéis que no lo hago con mala intención (de verdaaaaad!!).


La cuestión: sigo con mi veraneo habitual, que equivale a trabajo de dos meses y estrés (no paro T.T). Este año vuelvo a estar en la tienda de ropa de la playa de mi pueblo, al lado de la farmacia, y la cosa sigue como cada año, la verdad. Un calor tremendo, mañanas libres para poder tomar el sol y las mismas caras de todos los veranos.


Como sé que os gusta el morbillo (somos humanos), os cuento algunos de mis últimos escarceos "amorosos" (lo pongo entrecomillado porque no son amorosos, pero va por ahí la cosa). Y, un año más, aunque creo que nunca llegué a decíroslo, se trata del Chico Kawasaki.


Puede parecer un mote cool, pero, sinceramente, ni el mote ni el chico lo son en el sentido más estricto de la palabra. El Chico Kawasaki (para abreviar, CK -y no confundir con Calvin Klein, por el amor de un pato ciego-) es un maromo platonizado que protagonizaba todos mis veranos... hasta el año pasado. ¿Por qué hasta el año pasado? Puede que os preguntéis. Muy sencillo, porque el año pasado fue el único en el que no trabajé en la tienda, sino en el supermercado de cajera, así que le vi en contadas ocasiones.


Pero, anteriormente, yo me pasaba la vida mirándolo. Como puede parecer evidente, lo primero que me llamó la atención de él fue su moto (ejem -Kawasaki, obvio-), y luego su estatura, ya que fácilmente medirá dos metros y pico. Soy mala calculando edades, pero le echo sus veinte avanzados, no creo que ya esté en los 30. No es guapo. Es muy espigado y tiene cara de empollón, con gafitas y aires despistados; pero no deja de resultarme interesante, y no sé por qué. Quizá por la moto. Porque he visto su coche (rectifico: reconocería su coche entre centenares) y es una cutrada. Ahora, la moto no, ¿eh? La moto "mola".


Y él mola cuando se sube a su moto. Me sé su horario de memoria, de otros veranos: no ha cambiado. Y no he hablado mucho con él: antes iba a la farmacia bastante, solo para verle, y ahora lo pienso (yo era joven e inocente) y seguramente hacía bastante el tonto, así que, desde hace un par de años, limité mi número de visitas a la farmacia de la playa a 2 en todo el verano (este año no tengo ninguna programada). Él es o muy seco o muy tímido. Y algo antipático, porque aunque nos conocemos de vista (obvio) porque llevábamos nada más y nada menos que 2 veranos siendo vecinos, pero nunca dice esta boca es mía, ni para saludar. Y claro, una se mosquea.


Aun así, tontear es divertido. Porque el tipo, ni corto ni perezoso, aparca la moto casi todos los días (o el coche, en su defecto) delante de la tienda, NO de la farmacia, que está al lado, y cuando termina la jornada (a las 8.30, que yo aún estoy trabajando) siempre suele echar un vistazo al interior de nuestro establecimiento "como quien no quiere la cosa". Y cuando lleva la chupa de cuero está como más "sexy", algo más macarrilla, aunque sin que termine de abandonarle del todo ese aire correcto que le caracteriza: por ejemplo, detalles como llevar la camisa por dentro del pantalón, con su cinturoncito y todo, aunque el pantalón en cuestión sea de estampado militar.


Este año, por ejemplo, estoy debatiéndome conmigo misma, porque he decidido que no me da la gana que me vea (ya hice bastante el ridículo otros veranos), así que cuando suelen dar las ocho y media me escondo por el fondo de la tienda y trato de luchar contra el impulso que me obliga casi a asomarme, por lo menos al cristal, para ver si le veo. Porque a mí, qué queréis que os diga, sí que me gusta intercambiar miradas con él todos los días, y verle subir a la moto, pero tampoco quiero hacerlo tan evidente (aunque ya lo hice otros años, en fin), pero es como una especie de círculo vicioso que no tiene fin...


Bueno, no importa. Esta entrada creo que la he escrito más para mí que por otra cosa, por falta de papel para contarme a mí misma mis peripecias y pensamientos en mi diario personal. Pero si la habéis leído, bien está, aunque notaréis que hoy mis meditaciones van vagando de un lado para otro bastante inconexos.


Me duelen los pies, y hace tiempo que no duermo bien. Espero que estéis pasando un genial verano.


Besazzos,


*Luli*

martes, 23 de marzo de 2010

Buscando la inspiración





Queridos lulilectores...


Os tengo un poquito abandonados este mes. Espero que, una vez más, sepáis perdonármelo. Tampoco me ha pasado nada del otro mundo; simplemente, han sido Fallas (tan ajetreadas como siempre), he estado yendo al dentista y ahora me toca agobiarme con los trabajos y los exámenes, que se van acercando peligrosamente. También he adquirido un nuevo ordenador (Entusiasta pasó a tiempos mejores) así que, como veréis, entre unas cosas y otras se me va el tiempo que ni me entero.


Quizá sea por el cansancio acumulado, o por el estrés en general, lo cierto es que, aun a riesgo de que explotéis de aburrimiento con mis memas y reiterativas palabras, ando últimamente un poco pocha (también duermo mal... en fin).


Hoy se me ha ocurrido un deseo que no sé a quién formular, cuando a las ocho de la mañana descendía del tren rodeada de cientos de personas y me mezclaba con la masa de gente nada más entrar en la ciudad, sumergida de nuevo en la rutina tras la semana tan agitada que acabamos de pasar (los valencianos).


He pensado que me encantaría "inspirarme" de alguna manera, es decir, encontrar ese "puntito de sal" o ese "toque final" que le termina de dar sabor a tu vida, una forma de motivarte para sacarte del asco de la monotonía y que tu día a día, gracias a ese soplo de aire fresco, adquiera un color más cálido, y todo parezca algo más llevadero en medio de tantos edificios grises, tanta gente indiferente, tanto trabajo y tantos problemas cotidianos.


Y esa inspiración que estoy buscando de momento se oculta un poco, pero estoy abierta a cualquier posibilidad. ¿Qué puede ser inspiración? ¿Qué formas puede tomar? Así, de primeras, me vienen algunas a la cabeza: inspiración puede ser una persona (como aquel ancianito que una vez me topé en un autobús, y me arrancó más de una sonrisa); inspiración puede ser una canción que te despierte buenos sentimientos; inspiración puede ser una simple charla con una amiga, o con alguien desconocido; inspiración puede ser un momento, una mirada, un libro, un paisaje, un lugar, una escena, una imagen, un consejo, incluso un lulilector (no sería la primera vez) ;P. Cualquier cosa puede ser inspiración.


Pero yo, ambiciosa como de costumbre, no me conformo con una simple y efímera brisa inspiradora que pueda llegarme de repente (aunque sea igualmente bienvenida). Yo hablo de LA inspiración, en mayúsculas, esa que ha venido de repente para quedarse contigo una temporada y te ha borrado de sopetón las nubes de un día encapotado, y, por mucho que llueva, tú seas capaz de danzar bajo la lluvia sin importarte las miradas ajenas, tan aliviada y extasiada como si de el más hermoso día soleado se tratase.


Esa inspiración que te arrastra a la locura (aunque siempre desde dentro de la cordura, claro), y que hace que te rías más, y que tengas un montón de ganas de parlotear, de moverte y, lo más importante, que tengas ganas de compartir lo que te está pasando con los demás, que necesites expresarte: coger un lápiz y escribir una canción, una historia, o pintar un cuadro, o hacer fotografías, o simplemente gritar a los cuatro vientos que, pase lo que pase, digan lo que digan o hagan lo que hagan... en ese momento, en ese día... nada podrá bajarte el ánimo, ni nada logrará borrar esa sonrisa de tu rostro.


Esa preciosa inspiración llamada musa.


Así pues, a diario me dejo arrastrar por la rutina, buscando a la escurridiza inspiración por los rincones, aunque sepa que, en el fondo, es una batalla perdida porque la musa es como el unicornio: cuanto más lo busques, más difícil es llegar hasta él. Hay que dejar que sea ella quien se acerque y te pille por sorpresa, porque eso es lo bonito del asunto, ¿no?


Solo espero que, cuando se me aparezca a mí, sea lo suficientemente avispada como para darme cuenta de que la tengo en mis mismísimas narices, y, a pesar de que algún día se marchará para iluminar el camino a otro, por lo menos ser capaz de reconocerla y aprovechar su presencia al máximo. Después de mi discursito de hoy, es lo mínimo, digo yo.


Besazzos,


*Luli*


P.D.: Aunque esto no tiene nada que ver, si no lo digo reviento: últimamente, cuando oigo una canción de amor que me parece sincera y emotiva (nada de las chorradas comerciales que ponen por la radio), una canción de esas "de culto", no puedo dejar de preguntarme cómo sería la persona a la que va dedicada esa canción, y qué suerte tiene (o tuvo) de que alguien le compusiera un tema tan hermoso. Me encantaría que alguien me compusiera una canción solo para mí, creo que es muy romántico.


P.D.2: Acabo de ver una película ñoña alemana, de esas de las de "la chica de al lado" o "la vida de la que podría ser tu vecina del quinto" y debo confesar que me encantan las pelis ñoñas alemanas, porque son un poco como las de Hollywood pero más intimistas y sin ese regusto americano tan desagradable en los finales (¡sí al cine europeo!).

sábado, 6 de febrero de 2010

Buscando el camino



Queridos lulilectores...


Hoy vuelve mi vena melancólica. Sé que la tendréis bastante aburrida, pero es inevitable. Siempre podéis cambiar de canal cuando me lío a hablar de cuestiones metafísicas, pero a los que os quedéis, ya sabéis que sois bienvenidos =)


Últimamente he estado pensando. Es algo que, preocupantemente, hago cada vez más a menudo. Y mis pensamientos más recientes se los he dedicado a mi vida en general, a mi persona, a mi contexto (egoísta, ¿no?). Se puede resumir en tres preguntas básicas mundialmente conocidas. ¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo?


Puede que la más sencilla de responder sea la primera, o tal vez la última. Al menos, sé cómo me llamo: X-Y-Z (nombre y apellidos; Luli Manuli para los amigos). Y sé más o menos de dónde vengo (todo el rollo de la procreación, la semillita, los nueve meses en el vientre de mamá). Aunque, quizá, el hecho de saber cómo me llamo no soluciona el hecho de saber quién soy.


Pero la más difícil... ¿a dónde voy? Ahhh... esa pregunta me oprime el alma desde hace algún tiempo. Os juro que, cuando sale la palabra "futuro", hasta me recorre un escalofrío por la espalda, del miedo que me da.


Hay gente que, desde que es pequeña, le preguntas qué quieren ser de mayores y en seguida te contestan: "¡maestra!", "¡médico!", "¡policía!"... en fin. Pero es admirable, porque luego crecen y, efectivamente, se convierten en aquello que más deseaban.


Yo, ya desde niña, siempre tuve problemas con esa pregunta. El primer recuerdo que tengo es que quería ser "química"; más tarde tuve mi época de "profesora" y, finalmente, me dio por "notaria" ("actriz" como profesión frustrada: nunca fui demasiado fotogénica). Nada más. A partir de ahí, todo es un furioso torbellino de colores cambiantes o, peor, un terrible y confuso vacío ausente de cromatismos.


Así pues, ya que por gustos no me aclaraba, pasé a pensar qué tipo de cosas se me daban más o menos bien. Y empiezan a aflorar recuerdos. ¿Qué no hago mal del todo? O, de todas las cosas que he hecho, ¿con cuáles me quedo? No lo sé.


De pequeña ya, he encontrado siempre que tengo un "sentido artístico" que me ha gustado explotar.


-Inventé un programa de radio que grababa en una cinta de cassette; al principio con amigas, cuando se cansaron, seguí sola.


-Inventé algunas melodías a las que añadí letras sin sentidos, pero yo las llamaba "canciones".


-Escribí un guión para una película antes de la adolescencia. Y los créditos.


-Me encantaba (y me encanta) hacer fotografías con algo de carisma: un paisaje, un momento, una expresión. Ese algo que marca la diferencia.


-La música. No la terminaba de entender en el sentido teórico, pero tenía talento al arpa; al menos eso me decía la profesora. Era buena.


-Relatar. En todos los sentidos: soñar historias, contarlas, escribir. Escribir mucho, pero no lo suficiente.


-Pintar. Con acrílicos, témperas, ceras, lápices de colores. Y dibujar. Tengo un amplio repertorio de pinturas y dibujos hechos por mí. Me encantó Historia del Arte.


Todos me han tachado siempre de fantasiosa. Para mis amigas era la rara. "La que lee". "La que escribe". La única que se ha metido en una carrera loca y sin salida. Nada serio, como medicina o derecho. Economía. Magisterio. Ni siquiera algo sólido, como periodismo. Lo más abstracto y raro que uno pueda buscarse: "Comunicación Audiovisual", ya ves tú para qué sirve eso.


Esta pregunta me la hago muchas veces, sobre todo cuando me toca levantarme a las seis de la mañana para ir a coger el tren. Yo, cuando acabe (si acabo) no me veo de "comunicadora audiovisual", trabajando en... en a saber en lo que se trabaje en mi carrera.


En realidad, es que no me veo en ningún sitio. ¿Qué puede hacer una persona polifacética hoy en día? No hay un multiempleo. O eres una cosa, o eres la otra. Tienes que decidir: elegir un camino de todos los posibles. Solo que ¿cómo encontrar ese camino? ¿Realmente existe?


Cuando me quedo pensando y pensando largo y tendido, no llego a ninguna conclusión. Es como si fuera sorda, o muda: no hay retroalimentación. La conversación interna sería algo tipo:


-Pero a ti, querida Luli, ¿qué narices te gustaría hacer en esta vida?


O bien:


-¿Dónde te ves dentro de diez años?


Preguntas similares. Y la respuesta es siempre la misma: silencio.


Y ese silencio me está matando.


¿Sabéis cuál es mi mayor miedo? Que dentro de poco todas mis amigas, después de graduarse, encuentren trabajo y empiecen a casarse, a tener hijos. El ciclo de la vida, sin duda. Y yo acudiré sola a todas las bodas, los bautizos, las comuniones, con mil trabajos cambiantes a mis espaldas, todos ellos frustrados y poco que contar. Que empiecen a hablar: "Mira Luli, qué despistada va por la vida, tantas cosas que quería hacer y, por querer tanto, al final no ha hecho nada de provecho. Pero se veía venir, pobrecilla, siempre tuvo la cabeza en las nubes y llena de pájaros y colorines".


Y quedarme encerrada para siempre en este pueblo que me vio nacer, soñando con cosas que podría haber hecho, o que quisiera haber hecho, pero que nunca logré; e independizarme a los 30 porque mis mil trabajos no me darán ni para un alquiler medio decente; mientras mis padres me reprochan todos mis errores y mi hermana sigue adelante y moviendo la cabeza en señal de disgusto al verme ahí estancada, perdida en mis mil colores, buscando el camino.


Estancada, esa es la palabra. Me da miedo quedarme estancada y quieta en un mundo que no para de girar y girar, y que si no giras con él te quedas, inevitablemente, a la mitad; y es irreversible: una vez te has lanzado al vacío (o alguien te ha empujado a él), ya no puedes volver a subir. Tienes que caer. Por ley de la gravedad.


Ahhh... ¡cuánto me gustaría tener la brújula de Jack Sparrow en estos momentos! Esa que te indica aquello que más deseas, y el camino que debes tomar para alcanzarlo. De verdad que pagaría oro por ella. Qué mala es la indecisión, lulilectores, qué mala.


A veces pienso que el objetivo de todo humano es seguir sus instintos biológicos: al final todos acabamos en el punto de inicio. Casados y con hijos, como dicta la naturaleza. Puedes dar las vueltas que quieras, pero tarde o temprano caerás en la red.


Lo pienso, y no me importaría. No me importaría casarme o tener hijos. Pero tampoco es algo que en estos momentos desee con toda el ansia de mi vida.


Surge, por ejemplo, la misma duda en cuestiones geográficas: ¿dónde te gustaría vivir? Silencio. Nunca me aclaro: solo estoy de acuerdo en que me quedaré en Europa. Pero Europa es muy grande. ¿Norte o sur? ¡No lo sé!


A lo mejor es la mezcla de mi sangre mestiza: ¿no dicen que la sangre siempre tira? Me apasiona el norte, el frío, el invierno, la navidad, la nieve. Alemania, Irlanda, Noruega, Suecia, Dinamarca (Asturias, sin correr tanto). Pero no me imagino viviendo lejos de mi querido Mediterráneo: la calma de sus olas, la paz que emana de sus brisas, su olor, su color. El paraíso. ¿Quién necesita el Caribe, teniendo al lado el Mediterráneo? Cuna de grandes civilizaciones, de mil historias y personajes. Todo un ecosistema.


He pensado también, otras veces, que, para una vez que vives, sería muy hermoso dejar algo de valor al resto de la Humanidad. Algo que consiga arrancar una sonrisa, un pensamiento, una lágrima a otra persona. Un libro. Una película. Una canción. Una obra de arte. Una acción. Algo que te haga sentir que la vida (que tu vida) ha merecido la pena, porque ayudas a los demás. El hecho de que se recuerde un nombre, de los millones y millones de nombres que han existido, existen y existirán. Esa sensación. ¿Un libro? Michael Ende ¿Una película? Steven Spielberg ¿Una canción? Aerosmith ¿Una obra de arte? Velázquez. ¿Una acción? Ghandi. U otro tipo de méritos: traer vida al mundo. Colaborar en una ONG.


En pocas palabras: sentirte realizado como persona; has gastado, pero también has sembrado, y los frutos empiezan a florecer. Yo no quisiera irme de este mundo con los asuntos por arreglar. Quiero que, cuando muera, ya no me quede nada por hacer; que mis asuntos estén resueltos, poder ir a descansar en paz.


Pero para eso, primero hay que saber qué es lo que te hace a ti sentir bien contigo y con el mundo. Hacia dónde piensas dirigirte en este largo viaje, y por qué rutas irás. Porque en este viaje que es la vida, estás solo: como un peregrino silencioso que camina sin descanso con una mochila a la espalda, en dirección al rojo atardecer.


Fijaos si he estado preocupada últimamente, que he reflexionado sobre Dios y todo (aunque eso supongo que es inevitable, en algún momento tenía que llegar). Sabed que yo, por el momento, soy atea, porque no he encontrado hasta ahora razones convincentes para creer, para tener Fe. Pero algunas de las personas más sensatas que conozco (y que yo hacía ateas también) no lo son, y, aunque han tratado de explicarme un poco sus puntos de vista, en mi interior todavía no se ha encendido la lucecita de la inspiración divina. Y eso que me he esforzado por entender.


Pero bueno, dejaré la religión porque merece otra entrada a parte, que si me lío más aún sí que no llegaré a ninguna parte.


Creo, sinceramente, que me cogeré un año sabático cuando termine la carrera. Solo para despejarme las ideas: cambiar de aires, viajar, aprender idiomas. Vivir, tal vez. Descubrir por qué y, sobre todo, para qué propósito he sido creada, para qué he de servir, cuál es mi función en este guión. Para encontrar ese camino tan ansiado, o terminar de perderme por completo.


No lo sé. No sé qué será de mí, para variar. Solo sé que no sé nada.


Besazzos,


*Luli*


(P.D.: ¿Y si me hago filósofa profesional? ¿Veis como no me aclaro?)
P.D.2.: La imagen es un retrato mío informatizado. Hoy me apetecía mostraros no solo mis pensamientos, sino también algo más consistente: lo más parecido a una foto que os puedo dar. Y he pensado que eso de llamarme X-Y-Z es una tontería. Mis iniciales son B.S.S. ;)




miércoles, 16 de diciembre de 2009

Esos minutos



Queridos lulilectores...


Hoy voy a hablaros de esa faceta de mi vida como usuaria habitual de tren. Estáis hartos de escucharme mientras me quejo de los viajes arriba y abajo, de los retrasos, de los ratos que pierdo cada día entre que voy y vengo de mi pueblo a Valencia para asistir a clase o correr a mi casa al final de la jornada.


Lo cierto es que, a pesar de que me cuesta mucha paciencia y esfuerzo, el tren tiene cosas buenas. Por ejemplo, acentúa mi personalidad de observadora perspicaz y crítica de mi entorno más cercano. Hay, pues algunos momentos que disfruto de manera especial.


Antes que nada debo poneros un poco en situación. Para coger el tren de Valencia a mi pueblo, puesto que salen cada media hora, suelo ir o bien con algún tiempo de antelación o bien un tanto apurada (suele ser lo segundo; en subir corriendo las escaleras del metro para llegar a la estación hay pocos que me ganen -estoy haciendo piernas xD). La verdad es que esta política mía de "correr hasta el agotamiento y subir exhausta al tren" me estresa bastante, me aburre, me cansa. Aun así, por cuestiones de horario muchas veces no me queda otro remedio.


Sin embargo, a veces hay días en que puedo ir con toda la tranquilidad del mundo a la estación, porque faltan todavía unos veinte minutos para que salga el próximo tren que va a Gandía (vía 5 sector A, normalmente). Cuando llego a la estación, al final del día, no tengo ganas de seguir paseándome por la ciudad o la estación, y lo que hago es sentarme en un banco a esperar que llegue el tren. Y son esos minutos de los que voy a hablar ahora.


Sinceramente (y con vosotros siempre intento ser sincera; os confío mis más íntimos secretos y mis más extraños pensamientos), esos minutos previos a subirme al tren me encantan. Los disfruto muchísimo. Suelo sentarme siempre en el mismo banquito de hierro, frío y bastante incómodo, pero el tiempo en esos ratos parece diferente. ¿Recordáis que hace dos veranos os contaba que en la terraza de mis abuelos me lo pasaba bomba mirando hacia la calle y viendo pasar a la gente? Pues una cosa parecida, pero en invierno, otoño o primavera.


En el mismo instante en el que me siento en el inhóspito banquillo gris, envuelta en mi chaquetón (porque la estación de Valencia es muy fría-), una especie de burbuja parece rodearme y el correr de los segundos se bifurca en dos caminos diferentes: fuera de mi burbuja parecen acelerarse, pero en su interior trotan uno tras otro con la tranquilidad del caracol paseante).


Y frente a mis ojos se forma un gran espectáculo que tengo la suerte de poder presenciar en primera persona, palco VIP, por supuesto, de manera exclusiva: como un cine que proyectara una única película por una sola vez y para una única espectadora (yo). Es como si mi existencia se mimetizara con la pared, como si dejase de estar presente de manera física, y solo mi conciencia quedara atrapada en el ajetreo del día a día. ¿Y qué es lo que ves con tus ojos, Luli?, os preguntaréis después de esta introducción tan metafórica y barroca. Pues cosas normales y corrientes, pero apreciando de manera exclusiva cada detalle, cada sonido, cada sensación.


Desfilan por delante de mí centenares de personas en el transcurso de unos pocos minutos. Personas de todas las edades, de todas las razas, de todas las condiciones o nacionalidades imaginables. Hombres jóvenes vestidos de traje y corbata hablando por teléfono y sujetando maletines en las manos; chicos deportistas, con la bolsa de entrenar colgada de un hombro en actitud pasota; adolescentes pijos con los pantalones ajustados; señores mayores con camisa a cuadros y un jersey de lana por encima o, también, auténticos caballeros con gabardina, zapatos lustrosos y sombrero de ala ancha en la cabeza...


También hay niños, muchos niños: rubios, blancos, con las narices sonrosadas por el frío; o chiquillos llorosos, sonrientes o traviesos que hacen sudar a sus padres porque no saben estarse quietos: gritan, corren, se pelean, ríen, juegan, cantan o miran con sus redondos ojos todo su alrededor, tratando de absorberlo todo con una inocente mirada.


O las mujeres. Altas, esbeltas y sinuosas, con hermosas melenas y porte altivo; algunas más humildes, algo mayores, cansadas igual que yo del día que acaba de pasar, con uniformes, con chaquetas; chicas de mi edad, estudiantes cargadas con bolsos o carpetas, con bolsas de plástico de tiendas en las que han entrado para darse un capricho... Muchas botas. Y botines. La gran tendencia -una vez más- de este otoño/invierno son las botas. ¡Hay tantas maneras de llevarlas! No me hace falta comprarme un catálogo de moda, sólo con fijarme un poquito se me ofrecen grandes ideas. Con vestidos, con vaqueros, con medias, con falda; planas, de altísimo tacón; marrones, negras, color crema...


He de decir que las mujeres valencianas son muy elegantes, en general. Siempre veo a algún que otro elemento no identificado (como en todas partes), o algún miembro de singulares tribus urbanas; pero suelo quedarme embobada mirando el estilo y el porte que tienen las féminas al vestir, ¡incluso las señoras mayores! Las veo con sus tacones, con broches de oro y pendientes, bien perfumadas y maquilladas; nada de las cutres batas de florecitas con las que se presentaban las mujeres de mi pueblo al supermercado este verano pasado. Mujeres distinguidas, seguras de sí mismas, fuertes. Ríete tú de las celebrities. Yo veo la realidad.


Sinceramente, lulilectores, esos minutos para mí son oro, y muchas veces me sabe hasta mal y todo que llegue la hora en la que la vocecita femenina retumbe por toda la estación anunciando que el tren va a salir inmediatamente. Pero me subo, a mi pesar, guardando todo lo que acabo de contemplar en mi memoria y ahí lo archivo, para poder contároslo a vosotros después. Y luego ya me siento en cualquier asiento vacío y leo, o echo una cabezadita si es muy tarde.


El tren es pesado, como ya he dicho por ahí arriba, pero... siempre se aprenden cosas nuevas.



Besazzos navideños, queridos lulilectores.


*Luli*

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Vanidosa



Queridos lulilectores...

Después de semanas de letargo, la llegada del invierno parece haberme despertado: las palabras escapan de mis manos como movidas por una extraña fuerza invisible y no puedo dejar de hablar, aun a pesar de tener tan poco tiempo y estar de trabajo hasta las narices y más allá. Santa musa.


En fin, hoy os tengo preparada una entrada distinta a la de ayer, más en la línea filosófica y reflexiva (ya sé que la Luli pensativa es un poco más aburrida que la Luli anecdótica, pero prometo que hoy no me explayaré demasiado).


El tema en cuestión: hoy una compañera de clase me ha llamado "vanidosa". Procederé a contextualizar un poco.


En primer lugar, presentaré a la muchacha, para que todos vosotros, mis fieles confidentes, la conozcáis. Podría decirse de ella, pues, que está dentro de mi grupito de amigos de la universidad (seremos unas 6 o 7 cuando estamos todos, a veces menos, a veces más). La conozco desde hace relativamente poco, estrechamos lazos casi a finales del curso pasado, pero este año no nos hemos separado en casi ningún momento, aunque no es de "mis mejores amigas". Me cae bien, es buena muchacha.


Aun así, como soy muy observadora (según habréis observado =P) con el tiempo una no puede evitar fijarse en la manera de ser de los demás, y de reaccionar que tienen ante las diversas situaciones. Y, a través de las semanas, he llegado a una serie de conclusiones sobre su persona:


En apariencia, es muy alegre, vivaracha y charlatana (llamémosla Sujeto M). Demasiado charlatana: en clase siempre está cotorreando, y no se corta un pelo a la hora de levantar la voz, solo que, muchas veces, ella no se da cuenta de eso (lo cual, en mi opinión, es un poco peligroso, porque ella sí que sabe decirnos a las demás que callemos, de lo cual deduzco que no ve la joroba de su propia espalda, pero sí que sabe criticar la de los demás). También sospecho (no lo puedo asegurar), pero sospecho que proviene de una familia "pudiente", porque creo que su padre es contable y su madre trabaja en un banco, o cosas así. Tiene, pues, una ideología bastante conservadora; no es que me moleste, pero me he dado cuenta de que es un poco radical (muy de la vieja escuela como para ser tan joven, no sé si me explico).


Protesta mucho, critica mucho. Muchas veces mira silenciosamente a su interlocutor con una expresión indefinida pero que, no sé por qué, a mí me da la sensación de que en ese momento está pensando mal o no está de acuerdo. Lo calificaré como mera intuición, por no hacer juicios no acertados. No creo que describir su físico sea de importancia, pero puede que tenga algo que ver en su manera de pensar, no lo sé: os diré solo que está un poco... oronda, aunque tiene unos hermosos ojos cristalinos que presentan cierto aire felino: son rasgados y tiene unas pestañas preciosas.


Esos, según mi criterio, son los rasgos más destacados de Sujeto M. Eso y que se estresa mucho a la hora de hacer trabajos: es algo mandona y renegona, y (por favor no me odiéis por decir esto) pero creo (creo) que no es demasiado inteligente. Lo que pasa es que tiene tanta labia que lo disimula un poco, y utiliza un buen vocabulario a la hora de expresarse. Pero es la sensación que me da.


Ahora que ya sabéis más o menos cómo es ella, pasaré a contaros la situación exacta en la que nos encontrábamos cuando ha sucedido el fenómeno. Era en las escaleras de fuera de la biblioteca, esperando a que otra compañera saliera. No estábamos nosotras dos solas, éramos unas cuatro. Ellas hablaban -para variar- sobre un cochino trabajo que estamos haciendo en una asignatura. Últimamente no tienen otro tema de conversación. Yo, aburrida, escuchaba a medias y miraba a la gente que había alrededor nuestro.


Y vi una escena que me llamó la atención: en dos bancos diferentes había, en uno una chica, y, en el otro, un joven pelirrojo (NO era nuestro pelirrojo xD, era un tipo bastante menos espectacular). Los dos comían en silencio, ambos mirando al frente. También coincidían en que los dos tenían al lado una bolsa de Mercadona con las cosas que estaban ingiriendo, y algo de bebida. Y ambos tenían una mirada ausente, como si estuvieran pensando: "Qué triste es comer rápidamente en un lugar público, con este frío que pela y no teniendo a nadie con quien compartir mi agobio". Os juro que sus miradas reflejaban esas palabras. Incluso parecían tener una edad similar.


Mi alma imaginativa y mi espíritu soñador hicieron el resto: en seguida los vi de una manera diferente, como si aquella escena fuera el comienzo de una película en la que dos perfectos desconocidos entrecruzan sus caminos por una casualidad de la vida y, para su sorpresa, descubren que tienen muchas cosas en común. ¿Terminarían enamorándose?


Fui incapaz de callarme por más tiempo y, en seguida, interrumpí a las demás para que observaran aquel prodigio del Destino: cómo una escena de lo más sencilla y banal podía llegar a convertirse en una bonita historia con algo de creatividad. Y lo dije absolutamente divertida y animada, para cerrarles la boca ya con el trabajo y que cambiaran de tema.


Las situé en el plano y les describí lentamente la situación. En seguida, la más espavilada salta:


-Demasiado típico.


-Es verdad -acepté con gusto su crítica: ciertamente, estamos hartos de ver películas así.


Pero yo seguía con mi parafernalia de suposiciones, diciento que, a pesar de todo, con un enfoque diferente se podía conseguir una mínima originalidad. Entonces, sin previo aviso, mis improvisados protagonistas comenzaron a moverse por el escenario que yo había creado para ellos: el chico acababa de comer y se levantaba para marcharse, dejando atrás la bolsa de Mercadona, seguramente vacía, abandonada en el banco que había estado ocupando. Pero, lo mejor de todo ello, era que la chica, como para satisfacer mis más ávidos deseos, contemplaba su partida con atención y cierto aire pensativo: como fijándose en el muchacho pelirrojo y dedicándole un breve, pero precioso, pensamiento.


Ese apoteósico final para mi pequeña historieta me hinchó de gozo y me puse a parlotear con buen humor sobre lo que había pasado. Y, con cierta ironía, felicitándome a mí misma por haber descubierto aquel pequeño tesoro entre la triste monotonía que se cernía sobre todos. He empleado expresiones del tipo "Si al final va a ser verdad que hay una cineasta en mí" o "Vosotras nunca os hubiérais dado cuenta, ¿eh? ¡Si es que soy la mejor!".


Y entonces, me suelta Sujeto M, toda borde:


-Sí, y un poco VANIDOSA.


Mi primera reacción ha sido abrir mucho los ojos, pero después he soltado una sonora carcajada y he replicado, con algo de frialdad:


-Veas. Si yo no me alabo a mí misma, ¿acaso lo hará alguien? ¿No te he dicho nunca que no tengo abuela? (*esta última expresión como pura metáfora*).


Pero, sí que es verdad, me ha cortado el rollo. Y me he callado... para pensarlo.


Muchas veces uso ese tipo de frases, del tipo "Qué bé sóc; qué haríais sin mí; dadle las gracias a mis padres por mi existencia cuando los veáis...". Pero, cuando las digo, no "me las creo", por decirlo de alguna manera, sino que siempre las digo entre risas o con ironía, cuando el ambiente es relajado, y, a veces, la frase surge cuando digo o hago alguna cosa evidente o, quizá, algo que a nadie más se le ocurre en ese preciso instante. Pero, de igual manera, también le digo a mis amigas otras tantas "Eres la mejor; no nos abandones; tu lucidez me ciega..." exactamente en el mismo tono.


En realidad, he oído a muchísima gente decir esas frases, seguro que vosotros mismos también lo habéis hecho, o sabéis de personas que las sueltan sin ningún reparo. Yo lo considero como algo normal, sin más; no le doy más vueltas.


Es ahora cuando me pregunto: ¿por qué le ha molestado tanto a Sujeto M que yo lo hiciera? ¿Por qué en seguida me ha tenido que tachar de "vanidosa"? Ese concepto, para mi gusto, es un poco fuerte, y yo nunca lo pronuncio a la ligera. Me parece mucho más fuerte que, por ejemplo, el término "creída"; quizá porque se trate de una palabra un pelín más culta, menos estándar, menos común, no lo sé. Pero le he estado dando muchas vueltas.


Y se me ocurren varias respuestas, o preguntas por responder. ¿Es que le había molestado que yo la interrumpiera mientras soltaba su tétrica perorata sobre el trabajo, y quería contraatacar con algo de mordacidad? ¿Es que mi pequeño juego le había parecido una niñez y, encima, le resultaba demasido para el cuerpo tener que soportar, encima, mis autofelicitaciones? Siendo un poco más siniestra... ¿Acaso tenía envidia de que se me hubiera ocurrido semejante cosa y, de tanto oírme, realmente hubiera querido ser ella a quien le hubiera venido a la mente para lucirse? ¿Puede que ella lo hubiera pensado pero no hubiera dicho nada, con lo que yo quedaba como descubridora de un pensamiento suyo y, por lo tanto, usurpadora de su mente? O... limitándome a la pregunta más sencilla: ¿soy realmente una vanidosa?


¿De verdad me creo mejor que los demás? ¿De verdad siempre estoy dando gracias al mundo por haberme traído aquí? ¿Me veo a mí misma como la salvadora de la Humanidad? ¿Como un peón imprescindible que evitará que esta se hunda en su propia miseria? ¿Es Luli el ser más soberbio con quien habéis tenido la gran desgracia de tropezar? ¿Soy prepotente? ¿Arrogante? ¿Altanera? ¿Orgullosa?


...


¿Vanidosa?


¿Cómo es eso posible? ¡Si yo muchas veces me siento confundida, insegura, insignificante! ¡Si muchas veces me lamento aquí mismo de mi torpeza, mi mala suerte, mis errores! Venga ya... ¡si no paro de quejarme! ¿Tan grave es que me eche flores de vez en cuando? ¿Tan mala imagen puedo dar a los demás? ¿Soy tan antipática y creída como me ven? Evidentemente, no puedo responder a ninguna de estas cuestiones; comprended que no podría ser imparcial. Además, ahora no puedo evitar atormentarme con el dicho de "maté a un perro y mataperros me llamaron". ¿Me habrá tachado para siempre de borde sin remedio?


Sinceramente... no me ha sentado mal del todo que me dijera eso, porque yo estaba de risas y tampoco le he dado más importancia: le he hablado con normalidad el resto de la tarde y he apartado esas reflexiones de mi cabeza. Al fin y al cabo... ella tampoco es perfecta y, a pesar de que podría censurarla y criticarla en muchas cosas, no lo hago. Y eso mismo, ese sencillo acto en el que yo no le recuerdo a ella sus errores... me hacen pensar, de nuevo, que, después de todo, ella es igual de vanidosa que yo, o incluso más, porque, a pesar de no ser perfecta, sí que se toma la libertad de decirle a los demás que no lo son.


Es más, puede que eso denote su poca autoestima y su poca confianza en ella misma: se protege bajo una alta fachada de aparente madurez y trata de desprender serenidad y decisión recriminando a los demás todos los defectos, cuando, en verdad, por dentro está indecisa y confusa, encerrada bajo una coraza que, si alguien llegara a rozar, seguro que encontraría la grieta que sacaría a relucir todos sus temores. Y, solo por ello, o precisamente por eso, debería mantener la boca cerrada.


Que ya venía claro en la Biblia: "Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado".


No sé... en el fondo, ella me da igual. Pero, irremediablemente, la espinita ya ha sido clavada en mi conciencia: ¿vosotros me veis vanidosa, lulilectores? Y, tanto si la respuesta es sí como si es no... ¿qué creéis: que es bueno o malo?


Qué difícil es vivir la vida...


Besazzos,


*Luli*


P.D.: Al final sí que me he extendido un poco, lo siento...

jueves, 12 de noviembre de 2009

Chiste cruel de la semana



Y con esto no quiero decir que cada semana vaya a hacer un chiste cruel, lo que pasa es que este, en concreto, me hizo reír (al final los chistes más malos son los más divertidos, nunca entenderé por qué).



En fin, sin más dilación, os dejo con él.





-Mamá, mamá, de mayor quiero ser
bailarina.


-Encima de paralítica,
gilipollas...


Ahora los tomates que queráis y más (como defensa personal diré que no me lo he inventado, por si sirve de algo).



Besazzos, Lulilectores.



*Luli*

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Teorías que demuestran que ser buena persona es un rollo patatero



Queridos lulilectores...


Después de la aburrida Luli que os visitó hace unos días, hoy reaparece otra Luli totalmente diferente: la cansina Luli, meditativa y bastante plof. Bueno, no se puede ser amable, perfecta y supersimpática todos los días; o, por lo menos, no a todas horas.


Se me han juntado muchas cosas... todas ellas banales y carentes de importancia, como la vida misma, pero es que llega el momento en el que una persona (yo) se va hinchando poco a poco y, claro, pues o empieza a deshincharse como puede, o explota.


Y este querido blog mío (nuestro pequeño loft internetarial), será hoy mi vía de escape (aunque ya me he percatado de que últimamente por aquí no se pasa ni Dios... bueno, siempre tengo la esperanza de que alguien me encuentre accidentalmente, y que, más accidentalmente todavía, me lea; al fin y al cabo empecé así). Pero no os preocupéis, queridos lulilectores, yo os entiendo, porque al fin y al cabo todos merecemos nuestro descanso bloggero. Y, qué coño, ahora no voy a realizar ningún estudio de audiencias.


Como veréis, acabo de utilizar el término "coño". Sí, habéis leído bien. Hoy, en honor a mi estado de ánimo, voy a utilizar el lenguaje que me dé la gana, fuera formalismos, fuera tapaderas. Las cosas se dicen claras, o no se dicen. Se pueden adornar, pero ¿qué sentido tiene decir algo si el que te escucha -o te lee, en este caso- no te entiende? Bah, estoy divagando más que de costumbre, justo cuando menos quiero hacerlo.


Regresando al hilo principal... hoy me apetece hablar. Ni si quiera tengo pensado un tema de conversación, por lo que será una entrada de lo más diversa, pero el objetivo es escribir hasta que me salgan callos en los dedos, porque, como ya he dicho más arriba, hay momentos en la vida en que acabas hasta los mismísimos del mundo en general, de sus habitantes y, en concreto, de los habitantes que viven cerca de ti.


¿Y de qué se queja esta pesada ahora?, os preguntaréis vosotros, los lectores de este nuestro blog. Pues de todo y de nada. Lo normal.


Hm... voy a concretar.


-Ya me han puesto un montón de deberes para la semana que viene, y empiezan a acumulárseme los apuntes para pasar a limpio. Todo ello en un fin de semana.


-Me quería ir de puente con unos cuantos compañeros de clase a Andorra, y nos ha salido el tiro por la culata porque nos hemos quedado sin medio transporte. Lo gracioso del asunto es que ya lo habíamos propagado y se ha enterado todo el mundo. Hemos quedado como una pandilla de gansos (lo que, en cierta manera, no deja de ser cierto).


-Tengo el mismo profesor que el año pasado, de nuevo en la asignatura más difícil. ¿Por qué cuando habla nunca le entiendo? Me suena a chino mandarín las palabras que salen de su boca. La asignatura del curso pasado me la tuve que dejar por vaga, veremos este año...


-Mi profesor de catalán es S O P O R Í F E R O.


-Me ha tocado hacer un trabajo con la zorra de Luzía.


-Tengo la habitación hecha una mierda.


-Tengo clases por las tardes y vuelvo a casa rebentada, sin ganas de hacer nada.


-El tiempo es una mierda.


-Por supuesto, empiezo de nuevo el curso más sola que la una (al Listo nunca más volveré a verle).


-Tengo un cumpleaños inminentemente y estoy en bancarrota (no money = no party).


-También tengo miedo de que no me den la beca, y la matrícula cuesta la friolera de 750 €


-De nuevo, el asco de tren día sí y día también, para arriba y para abajo. Tren al norte y tren al sur. Tren por activa y por pasiva. Tren hasta que me muera. Seguramente, moriré atropellada por un cochino tren.


Grr. Estoy de un humor de perros, como veréis, por problemas súper tontos.


Siempre me pasa igual. Cada vez que intento empezar una etapa con buen pie, todo se tuerce. Cuando llega septiembre, me propongo (otra vez) ser mejor persona. Toda la mierda de propósitos de los huevos que me sé de memoria de tanto copiarlos en todas las cosas que escribo: hacer deporte, comer sano, ser más positiva, leer más libros, ver más cine, no tomármelo todo tan a pecho, mejorar mi carácter, blablablá. ¿Para qué? En serio, ¿para qué?


Nunca hago nada al final. La tontería se me evapora con la llegada de la primera brisa. Muchas veces me da la sensación de falta de tiempo: como suelo proponérmelo en épocas de transición vital, siempre tengo otras cosas que hacer para complementar los buenos pensamientos. Y es... no sé... como que me agobio un poco.


Mi vida en estos momentos es súper idiota. Me siento (en serio) como la protagonista de una película adolescente americana, o como la serie Lizzie McGuire o algo así.


Entré en la universidad siendo el último mono, me hice amiga de las tres pardillas y de la maricona loca, que luego nos abandonó con su perrito faldero para unirse al club de los populares. En el club de los populares estaba el Listo, que se pasaba el día abrazado a la guarra de Luzía (la típica que se liaba con todos -o la típica que decían que se liaba con todos) y no había manera de acceder a él, porque pertenecíamos a dos estatus diferentes.


De un día para otro, tuve una historia con el Listo (que acabó mal, pero en fin) y los populares se habían ramificado en subgrupos, mientras nuestro grupo cada vez era más grande. Ahora las cosas están así: el Listo se ha cambiado de carrera, Luzía y la maricona están más solos que la una, el perrito faldero ha encontrado su sitio y los otros grupitos son imbéciles (los populares solo, los gores y tal están bien). Y yo... vuelvo a empezar desde cero, pero mejor situada, porque mi pandilla de clase es la caña: somos un montón y nos lo sabemos pasar bien.


Por supuesto, sin olvidar el típico trabajo veraniego y el baboso de turno por detrás. Y, para más inri, me da en las narices que le gusto a un amigo mío, porque se comporta de manera rara. Evita mirarme a la cara cuando me habla, me habla menos que antes y, cuando estamos solos, se tensa. Solo hay dos explicaciones para eso: o que estoy empezando a caerle mal o, peor, estoy empezando a gustarle. Como es de esperar, el tipo es más feo que pegarle a un padre (el típico amigo freak), y últimamente me pone cardíaca: no soporto su presencia. Me he vuelto muy mordaz con él, y no soporto su expresión de idiota que se le pone cuando no sabe algo o cuando está pensando en las moscas, así con la boca entreabierta y aires de retrasado... bufffff. Le pegaría una hostia, en serio.


Y eso que todavía no me he recuperado del susto de Orni... Madre mía, ¿por qué todo -todo- me tiene que pasar a mí? ¡Y lo que quiero que me pase nunca me pasa, siempre a los demás! Menuda caca.


A esto súmale una familia medio desequilibrada... y tengo serie americana pa cuatro temporadas, lo menos. El problema está en que en las series americanas siempre hay final feliz. Jo... es que estoy rodeada de gente, pero muchas veces me siento muy sola, ¿cómo puede ser eso?


Me gustaría llamar a la radio algún día... a contar mi asquerosa vida, para que alguien llame después y diga que la suya es peor... pero no sirve de nada, mi padre en seguida vendría con la factura del teléfono a pedir cuentas, porque se han puesto muy pesados con la crisis (esa es otra, ahora al Zetaparo no se le ocurre otra cosa que subir los impuestos... pfff... y así nos va).


Asco. Asco. Asco.


Grrrr... como he avisado: he hablado mucho, pero no he dicho nada. Es como hablar sola, nadie te escucha, pero tu propia voz te hace compañía. Y encima me ha salido un grano en la cara, es más grande que un saltamontes.


... no se me ocurre nada más.


Bueno, mis amados lulilectores, creo que por hoy ya os he mareado bastante, tampoco tenéis por qué estar aguantando siempre mi bizarra vida, con que la soporte yo, creo que es suficiente. Cada palo que aguante su vela.


Cuanta razón que se traían los sabios de las narices.


Besazzos,


*Luli*