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miércoles, 2 de abril de 2008

La cámara


Hola y muy buenas a todo el mundo.

Después de mis recientes vacaciones en Andorra (regresé el lunes después de cinco horas de viaje en coche) he de decir que mi vida sigue igual de caótica que de costumbre: tengo un examen chungo chungo el día de mi cumpleaños (3 de abril, recordad, espero hacer una entrada especial ese día), toda la gente que me rodea parece haber encontrado su media naranja menos yo, he estado engordando… (estas dos últimas no es que me preocupen mucho, pero tienen su algo).

En fin, de todas formas, esta entrada la he abierto no para hablar de mi vida –que también, claro, si no, no tendría sentido- sino para relatar un acontecimiento estremecedor y enfurecedor que tuvo lugar el domingo, acontecimiento que provocó que nuestras idílicas vacaciones montañescas acabaran mal. Procedo.

Resulta que, como cada vez que salimos de casa, mi padre –El Rey del Mambo- se llevó la carísima cámara de fotos –la cámara tabú- tras él, cámara que tenemos desde hace tres años y que nos acompaña a cada viaje que hacemos. Yo, sinceramente, le tengo un cariño enternecedor a esa cámara, porque me la llevé conmigo hace dos veranos a un campus de Alemania que hice y, no sé, es uno de esos objetos que los acabas queriendo casi tanto como a una persona –incluso más que ciertas personas que se me van ocurriendo, ejem-. El típico objeto entrañable. Y más aún si vale 600 euros. O_O

La cuestión, que el domingo, como no esquiamos, mi padre propuso que después de la tarde de compras por la calle Meritxell, podíamos ir al Palau de Gel de Canillo para patinar sobre hielo, que mi hermana nunca lo había hecho. Y a eso de las tres y media llegamos allí y mientras mi padre aparcaba, se puso a llover. Bueno, a lloviznar. Vi con mis propios ojos cómo mi padre sacaba la cámara del coche y le decía a mi madre, alzándola en alto, “¡Tranquila, que la tengo!”, porque en teoría sólo iban a patinar mi madre y mi hermana (yo ya patiné una vez sobre hielo y no me apasionó, y mi padre no tenía ganas, así que decidimos ir con ellas para hacerles fotos).

Pues bueno, que entramos al Palau de Gel y en el mostrador había una recepcionista jovencita, entre veinte y veinticinco años, calculo yo. Morena, de pelo largo, cara de lechuga y ojos apagados. No sé su nombre, porque si no lo publicaría aquí y con mayúsculas, pero me conformaré con llamarla Sujeto X. Bueno, pues la tía nos cobra el alquiler de patines y nos da la información y todo eso, y mi padre, tan ufano él, deja la chaqueta y la cámara encima del mostrador, porque para pagar siempre necesita las dos manos.

En eso que la chica se guarda el dinero y se aleja un poco. Este es el momento crucial de esta historia, porque aquí es donde mis padres empezaron a discutir, porque la pista se abría a las cinco y eran las cuatro y cuarto, y mi madre no tenía ganas de esperar tres cuartos de hora para patinar y quería irse. Pero mi hermana tenía ilusión y mi padre insistía en que subiéramos a la cafetería y nos hiciéramos algo mientras esperábamos. Finalmente hicimos esto último, cogimos las cosas y subimos las escaleras sorteando a una quincena de chavales jovencitos (entre siete y quince años) que también habían ido allí a patinar y esperaban charlando tranquilamente en las escaleras (menuda prole, juas).

En la cafetería nos hicimos unos tés y a eso de las cinco menos diez mi madre y mi hermana bajaron a ponerse los patines y guardar los zapatos en las taquillas y todo ese rollo. Mi padre y yo nos quedamos en la cafetería mientras nos acabábamos la bebida, pero unos minutos después terminamos y decidimos ir subiendo a las gradas para pillar un buen sitio y hacer las fotos.

En eso que estamos recogiendo las cosas y mi padre dice, con cara de preocupación:

-¿Dónde está la cámara?

-¿La cámara? No sé, la llevabas tú.

Mi padre busca en el respaldo de la silla –que es donde suele colgarla-, debajo de la chaqueta, en el bolso de mi madre, en el de mi hermana, yo en el mío, en mi chaqueta… nada.

-A lo mejor te la has dejado en el coche –yo, alterada.

-Puede –dice mi padre no muy convencido-. Voy a ver.

Y se baja corriendo mientras yo observo a través de la cafetería a la gente que empieza a salir a la pista. Cinco minutos después llega acalorado, con una cara de decepción evidente.

-¡En el coche no está!

-¿Seguro?

-¡Seguro! ¡Lo he rebuscado todo! Me cagoenlap***!!! (Palabras varias que no voy a poner).

-¿Y si te la has dejado en el mostrador?

A mi padre se le ilumina la cara.

-¡Claro, creo que cuando hemos entrado la tenía!

Baja con expresión de esperanza pero sube casi al instante peligrosamente rojo.

-Me han dicho que no.

Y aquí es donde empieza un acaloramiento creciente por parte de mi padre, que llama a mi madre para preguntarle y ella le dice que no tiene ni idea de dónde puede estar, y que si lo ha mirado bien, que por supuesto, que bueno, a lo mejor nos la hemos dejado en Pyrineé, que es el centro comercial de Andorra (tipo El corte inglés), que puede ser pero creo que no, ves por si acaso, ahora ya no estará, igual alguien honrado la ha encontrado y ha avisado a algún dependiente, bueno, por ir y mirar no perdemos nada.

Y mi padre y yo nos subimos al coche en una carrera desesperada (tras preguntar exhaustivamente a los camareros de la cafetería y en los servicios -mi madre había ido- y tras mirar en el suelo, sin resultado alguno). Mi padre y yo haciendo cábalas, reconstruyendo nuestros pasos de todo el día, y en la comida la llevaba y en el coche también…

Casi a dos km de Andorra la Vella mi madre llama por teléfono.

-Que Sujeto E (mi hermana) ha visto cómo la tenías en el coche, en Pyrineé no puede estar.

Después de una corta conversación con mi madre, mi padre (a diez minutos de Pyrineé) decide dar la vuelta y regresar al Palau de Gel, para volver a preguntar a la recepcionista. Así que, veinte minutos después, nos ves de nuevo en Canillo y mi padre, porque sí, decide saltarse la línea continua para cambiar de carril y aparcar en la zona reservada al autobús. Pone el intermitente y me deja sola en el coche, con una escueta frase de despedida: “ahora vuelvo”.

Yo espero y, al instante, me aparece un policía, al que voy a llamar Guardia 1, que me hace señales para que abra la ventanilla. A Luli, como podréis imaginar, le sube el corazón a la boca.

-Buenas tardes, señor agente –yo, negra, histérica, con la voz temblorosa.

Alzamiento de cejas. Genial, cámara perdida y multa, a mi padre hoy le da un telele.

-Si es tan amable de explicarse… -el Guardia 1, un señor regordete de cuarenta y pico años.

Le cuento toda la pirula, el ataque de nervios de mi padre y que, de verdad de verdad, sólo ha ido un instantito a recepción a preguntar por una cámara, que tardará un parpadeo en volver. Naturalmente, sin olvidar poner en todo momento cara de perrito ahogado.

El Guardia 1 empieza –sin alterarse- a darme la charla, pero finalmente concluye con las siguientes palabras:

-Muy bien, pero que sepa que a la otra le saldrá más barato respetar la continua y la parada del bus, que, aunque no lo parezca, siempre hay alguien mirando.

-Sí, señor agente. Claro, señor agente. Por supuesto, señor agente. Muchas gracias.

Se va sin decir una palabra, pero me mira como diciendo: “pobrecita”. Suspiré con un alivio… ¡¡¡puf!!!

Segundos después aparece mi padre y vuelve a sentarse en el coche.

-Ni rastro –dice-. Volvemos a Pyrineé, aunque no va a servir para nada porque sé que no está ahí.

Empiezo a echarle la bronca por el apuro que acaba de hacerme pasar y me pide disculpas. Silencio. Minutos después me suelta, así, con resignación:

-¿Sabes? Sospecho de la recepcionista.

Me quedo a cuadros. ¿Y eso?

-Sí, porque la primera vez que he bajado a preguntar, en el mostrador había otra chica, una mujer pelirroja más mayorcita. La joven estaba subiendo las escaleras, se ve que iba al baño o algo. Yo he ido corriendo detrás de ella y le he preguntado por la cámara con toda normalidad, y me ha respondido mal, en plan “¡Qué va! ¡Yo no tengo nada!”, muy exaltada, ¿sabes? Que me ha parecido raro.

Le miro con el entrecejo fruncido.

-Y la segunda vez –sigue- he hablado con la pelirroja, que me ha contestado tranquilamente, aunque la morena estaba detrás y ni me ha mirado a la cara. No se ha vuelto en ningún momento y, no sé, me ha parecido raro.

Silencio. Empezamos a hacer cábalas y, al cabo de unos momentos, como movidos por un resorte, empezamos a reconstruir los hechos a la vez.

-Hm… tiene su lógica. Yo podría jurar que te he visto sacar la cámara del coche, y no se te puede haber caído por la calle porque íbamos las tres detrás de ti. Alguna se hubiera dado cuenta.

-Dentro tampoco puede haberse caído, porque el único sitio posible son las escaleras y estaba lleno de chiquillos. Me juego lo que quieras a que, al menos uno, hubiera dicho: “¡Señor, que se le ha caído la cámara!”

-Es verdad, los niños siempre hacen eso. Y al bar no ha llegado, porque tendría que estar en la mesa, ya que de lo contrario se lo hubiera llevado el camarero, que es imposible porque yo estaba delante.

-O sea… que en el único momento en el que me la tengo que haber dejado en alguna parte es en el mostrador, porque para sacar el dinero de la cartera necesito las dos manos.

-Yo te he visto dejando la chaqueta encima del mostrador, estoy segurísima.

-¿Y qué ha pasado después?

-¡La mamá y tú os habéis puesto a discutir! Después nos hemos ido a la cafetería, pero en ese momento nos hemos despistado todos, porque estábamos pendientes de vuestra conversación.

-Tiene que haber sido ahí, preciso. Y no es normal la manera en que la chica ha reaccionado.

Después de nuestras cábalas, llegamos justo delante del centro comercial de Pyrineé. Mi pardre aparca enfrente, en una entrada de parking privado. Pone el intermitente y, de nuevo, sale corriendo dejándome sola en mitad del tráfico y de la multitud.

Ni cinco minutos después, un coche llama a un guardia (Guardia 2) y este se acerca a mí corriendo, con una cara de mala leche que me intimida al instante. Es flacucho, más joven que el Guardia 1 y calvo. Me abre la puerta y, antes de que yo pueda abrir la boca, empieza a pegarme un puro de cuidado –en catalán- diciéndome de todo: que si es una entrada privada, que si ya, señor agente, ya, pero de verdad que sólo es un minuto, que somos de fuera y se le ha perdido la cámara a mi padre, ¡ja!, de fuera, y eso qué más da, que las normas de tráfico son las mismas para todos, que ha provocado un tapón y que ves a buscar a tu padre ya mismo, que no hace falta, que le juro que ya baja, es sólo un segundín.

Se aleja renegando y me deja sola en el coche, pero vuelve tan rápido que no me da tiempo ni a cagarme en todo lo que se menea (con perdón), me abre la puerta y me suelta:

-Vusté sap conduí? (¿Usted sabe conducir?)

-No, sóc menor d’edat.

El Guardia 2 bufa y se sienta en el asiento de mi padre, coge el volante y me suelta:

-Vusté’stá da tastic (Usted está de testigo).

Con toda la mala ostia del mundo mundial se quita la gorra y la arroja con violencia sobre mi regazo –yo, de mal humor también-, le da contacto al motor con la llave y en una maniobra lo aparta hacia detrás, mientras que toda la gente que pasa por la calle nos mira entre recelosa y atónita. Mi carita de cachorro ahogado se acentúa.

Cuando el señor agente acaba, me arranca la gorra de un manotazo igual de violento, se sale del coche y me dice con la mirada del tigre:

-Da veres, vagi’l a buscà i evitarem la danúncia. (De verdad, váyalo a buscar y evitaremos la denúncia).

Y Luli coge las llaves del coche, apaga el motor y cierra el vehículo, echando a continuación a correr y a patearse toooodo el centro comercial de Pyrineé de arriba a abajo, como si de ello dependiera su vida. Al llegar arriba del todo y cerciorarme de que no iba a encontrar a mi padre entre la gente, porque tampoco sé dónde está la sección de objetos perdidos y no hay que perder tiempo parándome a preguntar, que tengo al Guardia 2 cabreado en la acera de enfrente, decido llamarle al móvil, pero… ¡oh, dulce destino! Me lo he dejado en el coche y, con el susto del momento, mi cabeza funcionaba un poco lenta y no se me ha ocurrido antes.

Ale, a bajar planta por planta, deteniéndome sólo a preguntar dónde están las escaleras que llevan abajo, y salir unos momentos después de Pyrineé para toparme con la siguiente escena:

Mi padre con el móvil en la oreja y cara de “Luli se la carga, pero fijo” me divisa por las puertas mecánicas y me señala con el dedo mientras que, al mismo tiempo, el Guardia 2 divisa a mi padre y se le acerca corriendo. Yo cruzo la transitada calle corriendo y me acerco a mi padre, que empieza con su perorata:

-¿Pero cómo se te ocurre salir del coche? ¿Dónde has estado y por qué? ¿Quién ha movido el coche? ¡Te has dejado el techo abierto! ¡Pensaba que te habían raptado! ¡Hace un frío que pela y aquí me tienes, fuera del coche y sin chaqueta! ¡Blablablá blablablá!

Y en seguida se oye:

-No la culpi a ella, que la culpa la té vusté! (¡No la culpe a ella, que la culpa la tiene usted!)

Y aparece el Guardia 2 (que, aunque en un principio me cayó mal, desde aquí le saludo y le doy las gracias por salvarme de la bronca de mi padre y por no multarle. Un beso, Guardia 2, muak! –juas-) y él y mi padre empiezan a hablar (bueno, seamos sinceros, el Guardia 2 le echa la misma bronca a mi padre que éste iba a echarme a mí), y mi padre se disculpa y nos largamos ¡pero ya!, porque no queremos abusar más de la amable paciencia de Guardia 2.

De nuevo en el coche en dirección a Canillo, mi padre me informa de que allí en Pyrineé nadie ha visto la cámara, pero que le han atendido amablemente y ha dejado el número allí, por si las moscas. Le insisto a mi padre para que vuelva a instigar a las recepcionistas de las narices en el Palau de Gel y urdimos un plan para tantearlas y observar sus reacciones. Yo estoy cada vez más enfadada, porque esa cámara la he llevado desde que la tenemos en el heart, con la de fotos que habré echo con ella.

Entramos y preguntamos por la cámara por tercera vez, esta vez también estoy yo. Efectivamente, hay dos mujeres en la recepción: una mayor -Sujeto Y- y Sujeto X, la morenita. Mi padre empieza, de nuevo, a preguntar por la cámara, afirmando rotundamente que el último lugar donde la dejamos fue en el mostrador, y Sujeto Y, primero con amabilidad, después con nerviosismo y finalmente con histeria empieza a decir que no, que no hay ninguna cámara en ningún lado, que ya está bien, hombre, que se pierden muchas cosas y que siempre las guardan esperando a que alguien las reclame. Y Sujeto X sólo afirma con la cabeza y finalmente añade:

-La mayoría de cosas se pierden al bar, vayan a preguntar allí.

Mi padre y yo nos miramos. El recelo se masca en el ambiente. Subimos de nuevo al bar y, de nuevo, preguntamos por la cámara. Super tranquilamente nos dicen que no, que no han encontrado nada.

Media hora después mi madre y mi hermana ya han acabado de patinar. Mi padre y yo les contamos nuestras sospechas. Mi padre está disgustadísimo y yo cabreadísima. Esperamos fuera puliendo nuestra teoría: efectivamente, después de que mis padres discutieran, como todos nos habíamos distraído, hemos subido a la cafetería sin la cámara, que nos la debemos haber dejado encima del mostrador, porque en el coche estaba y yo vi a mi padre bajarla. Él la llevaba en la mano, pero se sacó la cartera para pagar y, con el despiste del momento, nos fuimos sin ella. Ahí ha debido suceder que, o bien ha llegado alguien y se la ha llevado –clientes que llegaron después de nosotros- o bien que Sujeto X, la recepcionista jovencita, la cogiera y se callara la boca. Así se explican varias cosas, como que le hablara tan mal a mi padre y después no le mirara a la cara. También se puede explicar que la recepcionista Sujeto Y –que no estaba en el momento del (¿puedo llamarlo delito?)- primero atendiera amablemente a mi padre y después –que la joven se lo debe haber contado- se mostrara tan irritable, queriendo ahuyentarnos todo el rato. ¿Qué falla de esta teoría? Sí, acertasteis: no tenemos ninguna prueba, a pesar de que hay cámaras de vigilancia, porque vimos las pantallas detrás del mostrador.

Todo esto se resume en que, por última vez, fuimos allí –esta vez fue mi madre- para dejar el número de teléfono por si la cámara aparecía, y la tipa pelirroja se puso borde de nuevo, que no quería atenderla –y eso que en la cafetería habían tomado el número con mucha cortesía-, lo cual, como supondréis, aumentó nuestras sospechas.

Finalmente, nos fuimos de allí sin pruebas, cabreados (yo quería que mi padre montara el numerito porque estaba fuera de mí, pero mi padre desistió, porque no hubiera servido para nada. Las tipas se libraron, porque cuando mi padre se enfada de verdad con alguien, ese alguien tiene un problema –lo sé por experiencia propia).

En conclusión: nos quedamos sin cámara y sin pruebas, no pudimos hacer la denuncia –ir a la policía por hurto no sirve de nada- y nos marchamos de Andorra bastante disgustados. No podemos culparlas directamente, ni a Sujeto X de robo ni a Sujeto Y de encubrir a Sujeto X, pero yo, personalmente, me juego lo que sea a que, en efecto, la chica jovencita nos robó la cámara y que, después del miedo que le metimos, la cámara por la noche acabaría en el primer río que se encontrara. Repito, no podemos demostrarlo, pero me lo dice la intuición (emulando a Shakira).

Siempre nos quedará esa terrible sospecha.

Besazzos,

*Luli*

Nota: las frases en catalán realmente no se escriben así (las que dice Guardia 2), lo que pasa es que he puesto la manera en que las pronunciaba. Ya se sabe que hablan de manera… especial y yo, como valenciana que soy, no puedo evitar recordar que “juntos sí, pero no revueltos”. Ciao.

sábado, 23 de febrero de 2008

Sobre amores imposibles III



Hola a todo el mundo.


Aunque cada vez somos menos -igual como mis visitas a este fabuloso loft internetarial por culpa de los exámenes- vuestra autora favorita -esto es, yo- sigue dispuesta a daros la tabarra en cuanto le surge un ratito -antes de salir de fiesta-. Yo sigo bien, gracias por preguntar, y precisamente por eso quería demostrarlo concluyendo de una vez por todas la difícil historia de amor entre Sujeto P y Sujeto I inventada por mis compañeros y yo (aunque debo remarcar que hace como tres semanas que Sujeto I, alias la practicanta, acabó sus famosas prácticas y se largó para, tal vez, no volver jamás.



TERCERA PARTE: ¿ELLOS?


Los que se pelean, se desean y los que no, se morrean. Esto es una verdad como una catedral que me han enseñado desde pequeña. ¿Quiénes? Pues... individuos varios, tales como compañeros, padres, profesores, amigas pinchonas... vamos, varios. Partiendo de este statement, como dirían los doctos anglosajones, voy a proceder a analizar el comportamiento de ambos Sujetos (P-I) en relación a su convivencia en clase durante las tres semanas que Sujeto I compartió con nosotros (dulces retoños, jeje). Bien.


Érase una vez, hace mucho, mucho, mucho, mucho, pero que muuucho tiempo (un mes y dos semanas, aproximadamente), Sujeto P -cap 1- y Sujeto I -cap 2- se conocieron. El primer día, Sujeto P y Sujeto I parecían amiguísimos: él se mostraba preocupado por si ella veía bien la pantalla de las diapositivas, allá desde el quinto ostio, y ella, aunque no veía una mierda (con perdón) le decía que sí a todo. El segundo día, también. Incluso el tercero.


El cuarto día, la cosa cambió. Parecía ser que lo que en un principio había resultado una estrecha relación profe-practicanta había llegado a su fin. Sí, porque, de pronto, el profe dejó de darle un trato especial (para él todos somos irritantes, es su palabra favorita) y comenzó a tratarla como una alumna. Bueeeno, como una alumna tampoco, porque ella, como ya he dicho anteriormente, era como una pececita con cara de empollona, que no hacía nada excepto apuntar sobre su odioso bolso azul y aburrirse. Le hacía preguntas que ella respondía en seguida, o dejaba frases en el aire para que ella las completase.


-Aquí tenemos la cabecera del edificio -en realidad mi profesor habla en valenciano, pero bueno-, con tres absis semicirculares comunicadas por un...


-Deambulatorio -ella, rápida.


-O girola -él, pincha.


-Sí, sí, claro.


Y así bastantes días. Uno de tantos, a la hora del recreo, nos la encontramos sola, comiéndose un paquete de rosquilletas tristemente. Alguien entabló conversación con ella -yo no, le guardo rencor por el bolso: me llegó muy hondo que no se lo cambiara ni una vez-, que cómo estaba.


-Bien...


Imagino que acordándose de todos los antepasados de mi profesor, por tenerla ahí solita y no ayudarla a integrarse un poco o, por lo menos, invitarla a un café en el bar. En mi clase en seguida tuvo lugar el pistoletazo de salida: comenzaron los rumores.


-Debe ser que se gustan, por eso no se hablan. Él tiene vergüenza de acercársele y va de guay.


-No, no, la tímida es ella, que ha visto que lleva dos anillos de casado y se ha rajado -eso es verdad, mi profesor es viudo y recasado. Hay que ver.


-Que no... que él la provoca en clase y, además, tiene pinta de mujeriego.


-Bueno lo que es seguro es que ella está coladita por él, si no no lo aguantaría todos los días en clase.


-Perdona, bonita, pero yo también lo aguanto todos los días en clase y no estoy coladito por él.


-Que nooo... que es él, que va de guay.


-¿Pero no habíamos quedado en que era ella quien estaba por él? ¿O era él el que estaba por ella?


-Debe ser que se gustan, por eso no se hablan.


Ahí comenzamos a fijarnos en el mutuo comportamiento, pero tampoco esclarecimos nada. Poco después, comenzaron a picarse. Ella se puso a "enseñarnos" el Renacimiento y a cada cuadro que comentaba, él tenía que replicar por lo bajini:


-No, no, espera, ellos todavía no saben lo que es el punto de fuga, no lo des por hecho.


A ver. ¿No está ella dando clase? ¿Para qué te metes, ostia? Pues nada, el tío ahí, corrigiendo cada frase y negando irónicamente a cada palabra que la muchacha decía.


-Hay tema, hay tema -nosotros, cada vez más emocionados-. Los que se pelean, se desean.


Y digo, "los que" porque ella tampoco se callaba una. Y ahí los tuvimos, durante tres semanas, discutiendo formalmente -abiertamente no, siempre con sutileza- sin parar. No tuvimos remedio, hubo que aceptarlo: había demasiado pique.


Incluso ahora, un mes y dos semanas aproximadamente después, que todavía alguien de mi clase suelta de vez en cuando una tosecilla áspera que suena así como un canturreo: "Los que se pelean, se desean y los que no, se morrean". El profesor nos mira peligrosamente y contempla nuestras caras inocentes. Silencio. Se vuelve para seguir con las diapositivas y... risas.


Ay, señores, el amor, que lo complica todo.


Fin


Besazzos,


*LuLi*

domingo, 17 de febrero de 2008

Sobre amores imposibles II



Hola a todo el mundo. Sigo con la historieta.



SEGUNDA PARTE: ELLA



¿Quién es ella? Nos preguntamos todos cuando, un día cualquiera, la vimos esperando apoyada sobre la pared del pasillo, delante del aula de Audiovisuales.

-Ella es Sujeto I, una chica que ha venido a hacer unas prácticas y estará con nosotros durante una temporada -nos la presentó Sujeto P con su habitual indiferencia.

Sujeto I, Sujeto I... una personita muy curiosa. Baja, rellenita, con gafas y con un peinado imagino que "moderno", aunque extraño de veras, con todos los mechones alborotados. Unos veinticinco años, más o menos (advierto que soy muy mala adivinando la edad de las personas, pero siempre lo hago lo mejor que puedo). Rubia ella. Con cara de lechuga.

Empezó la temporada con tranquilidad: el profesor la situaba al final (del final) de la clase -en el quinto ostio, para que nos entendamos-, de manera que todos nos dimos cuenta en seguida de que le iba a costar un huevo pillar sus explicaciones, más que nada porque... ¡por algo Sujeto P es El Murmurador!. Al principio ella era... pasiva, para decirlo de algún modo. Absolutamente invisible, que no notabas ni su presencia de lo calladita que estaba, allí, quieta en su rincón, con un boli y una hoja de papel en blanco... sacado de un bolso gigantesco. Odio ese bolso. Y no porque sea suyo ni nada de eso, no, mi odio tiene una explicación absolutamente racional: es igual que mi mochila, pero en azul. Mi mochila es verde.

De verdad, no soporto a la gente que lleva la misma ropa que yo, es una cosa que me supera. Ropa o complementos, en este caso es lo mismo. Y ahí te la veías todos los días, a la tipa, con el mismo puñetero bolso azul de Jordi Labanda colgado del hombro. Y yo pensando "¿Pero no tendrá otro?" o bien "Hoy no le combina con la ropa. Va de morado y gris, no sé a qué narices viene el bolso azul a cuento". Pues nada, ella era A, B y C, como los niños, de su enorme bolso azul no la sacaba ni el mismísismo Papa de Roma aunque hubiera venido a posta. Si hubiera tenido otra mochila, creedme que la habría usado, pero como a mí me toca una por curso (y sólo si las estropeo) pues me tuve que aguantar. Y ahí nos tenías a las dos Labandas: una de verde y la otra de azul. Uy... ahí ya me tocó los cataplines la muchacha.

En fin, pasando, que al cabo de una semana o así de su presencia "pecina" (porque ella era como la mascota de la clase, el típico pez que no hace nada excpto compañía), el profesor, es decir, Sujeto P, empezó a tratarla como si fuera una alumna más -remarco que en mi clase somos quince y sólo hay dos chicos, de ahí el "alumna" y no "alumno"-. De vez en cuando le lanzaba preguntas-trampa, y treinta pares de ojos en seguida se posaban sobre ella para observar cómo afrontaba con valentía la situación y respondía sin dudar. De la confianza obtenida se atrevió a más, pues de vez en cuando incluso corregía al señor profesor, osando lo que ninguno de nosotros nunca ha osado (o, los que lo han osado, siempre se han llevado alguna respuesta desagradable del amplio repertorio que este guarda bajo la manga).

Pero, de pronto, y a penas sin darnos cuenta, nuestra pequeña Sujeto I creció. Llegó un día a clase y nos soltó por todo el morro:

-Bueno, a partir del lunes que viene las clases os las daré yo. He estado observándoos y me he dado cuenta de que no estáis haciendo ningún comentario. Seguid así, seguid así que cuando llegue el selectivo os vais a cagar -mocosos de mierda, le faltó decir.


Expresión general: (O_O)2 OH MY GOD


Sí, amigos, nos quedamos a cuadros por el tono tan despectivo que nuestra pececita acababa de emplear para dirigirse a nosotros. Nos había dicho la cruda verdad, cierto, pero al parecer ella no conocía toda la historia, porque la batalla que llevamos con el profesor desde principio de curso para que nos pase un modelo de comentario es para contarla (aunque no voy a proceder ahora). Os lo resumo diciendo que hicimos una apuesta y ganaron los que dijeron que no nos lo iba a dar (seis euros, se llevaron).

En fin, volviendo a lo que nos interesa, que nos echó un rapapolvo de cuidao, llamándonos desde vagos hasta ineptos, y naturalmente, sin omitir en ningún momento que nos, ejem, "íbamos a cagar" ¬¬

-Y me traéis los deberes que os voy a poner para el lunes -concluyó.

Y ahí empezó una dictadura en la cual la pececita se transformó en una desgradable tiburona practicanta, que nos hacía leer a todos en voz alta durante horas y horas, que se ponía bizca cuando hablaba, y se enganchaba explicando, de lo nerviosa que se la veía. Una tía por dos reales, como diría mi padre, que, como habréis notado, tiene una frase para cada situación.

A los pocos días propuso una excursión, algo que mi profesor, tan listo él, creo que no se le habría pasado por la cabeza ni en millones y millones de trillones de siglos. Nos repartió unos papeles en los que explicaba la actividad, y mi profesor tuvo que hacer mutis y agachar la cabeza para someterse a "la idea" por primera vez en la historia del instituto, pero nos dejó bien claro que, si alguien tenía alguna duda... se quedaba con ella. Típico, ya lo iréis conociendo. ¬¬U

La lástima es que yo me perdí esa excursión debido al pequeño esguince que me hice el día anterior por culpa del amor de Sujeto B, que me arrastró por delante durante varios metros en las pistas de esquí, por lo que no puedo daros una explicación detallada del evento, aunque me dijeron las que sí fueron (como Sujeto B ¬¬) que el profesor estuvo muy relajado y hasta les hizo una foto con su habitual ironía ("decid co-co-dri-looo"). Es una pena, porque habría podido estudiar mejor el comportamiento de ambos Sujetos (P-I) y ver cómo interactuaban entre ellos fuera del ámbito educativo, pero no pude realizar mi tesis por los ya mencionados contratiempos de salud.

Más cosas... bueno, a partir de ahí la seguridad de Sujeto I fue en augmento y hasta empezó a insultar al personal del instituto cuando un día la dejaron en la calle mientras llovía a cántaros y nadie le abrió la puerta a pesar de sus insistentes llamadas al timbre (que es lo normal). Les dijo de todo a los de secretaría (mientras se desahogaba con nosotros -espero que no les dijera lo mismo en persona-), cosas tan amables tales como "putos cabrones" o "trogloditas desconsiderados y mamahuevos". Perdón por el vocabulario, pero las citas son literales.

Total... que habíamos criado a una auténtica practicanta, que había pasado de no ser nadie a ser una verdadera "profe tocapelotas", como todos los que hay en mi instituto. Y es aquí donde acaba la segunda parte de esta trilogía romántico-dramática-humorística que finalizaré en la siguiente entrega, donde, tras haber conocido a los personajes principales, procederé a... la auténtica historia imaginada por mi clase.

Continuará...


Besazzos,


*Luli*


viernes, 8 de febrero de 2008

Sobre amores imposibles I




Hoy me gustaría escibir acerca de un romance impensable entre Sujeto P (profesor de Geogragfía e Historia del Arte) y la practicanta, Doña I, que, sin rencores, pero... ¡ay, qué mal me cae!

No obstante, para que la historia tenga sentido, es de vital importancia que conozcáis a fondo a los protagonistas de mi relato, por lo que antes de empezar con la historia he de hablar un poco de ellos. Como cuando yo digo "hablar un poco" significa en realidad "parlotear hasta el aburrimiento", pues dividiré la historia en tres partes: la primera, dedicada a Sujeto P, el famoso Sujeto P (toda una revolución en mi curso), la segunda, en respecto a la practicanta, y la tercera ya con la historia.

Procedo.




PARTE PRIMERA: ÉL


Voy a descibir a mi profesor. Éste, como ya he mencionado alguna vez, es un personaje de cuidao. Para empezar, es un tipo alto, rozando el lustro, robusto y, según mi padre, fofo, porque nunca ha hecho deporte. Aunque existen muchas historias sobre él, como por ejemplo, que está forrado, porque tiene una mansión impresionante que yo no he visto porque no sé dónde vive (¿¿¿que no QUÉ???, claman mis amigas poniendo el grito en el cielo mientras me miran con cara de ¿en qué planeta vives, Luli?).

Bueno, a pesar de que nunca he visto su casa, sí que me fijo en la ropa que lleva y, la verdad, el tío no va vestido de la marca Delmer (del-mer-cado ¬¬), sino que viene cada semana con un modelito diferente (sí, habéis leído bien: UN modelo por semana, NO por día) de Adolfo Domínguez, o Guess, o Dolce & Gabbana, o cosas así. Presenta una imagen aseada, el chico, eso hay que admitirlo.

En cuanto a su aspecto... hay muches discusiones en torno a esto (auténticos debates), así que voy a tratar de ser objetiva, no influenciaros y resumir un poco las impresiones colectivas de las personas que, como yo, tienen el honor de tratarle a diario. De ese modo el lector puede sacar sus propias conclusiones.
El colectivo de susodichos que conocen a Sujeto P y opinan sobre su aspecto se divide en varios grupos:

-Grupo A : Pasionales.
Para este grupo, el profesor es una especie de George Clooney: es decir, que se les cae la baba cuando hablan de él (¿recordáis al Chotulus patonis bradpitiano?). Esta gente -suelen ser chicas- son como las alumnas de Indiana Jones, que cuando cierran los ojos tienen pintarrajeadas en los párpados las palabras "I love you". Está claro que no son tan radicales (con mi profe a ver quién se atreve), pero lo harían encantadas. Están, literalmente, enamoradas de él: un cuarentón/cincuentón madurito, vacilón y sexy, con comentarios inteligentes y mirada sarcástica que explica que parece un somnífero. Naturalmente, este punto de vista está algo idealizado, pero la verdad es que casi todos lo están.

Cito:

"Tia, me encanta cuando insulta a Yoel, es que me pierde"

"Dioss... ¡está de toma pan y moja!"

"Quién fuera su mujer..."

"Yo quiero uno..."


-Grupo B: Pelotas.
Este grupo se asemeja bastante al anterior. La principal diferencia es que no evidencian tanto su devoción por el señor Don Maestro, sino que se limitan a moderar su postura, eso sí, siempre defendiéndolo.

Cito:

"¡Que es guapo!"

"No es feo"

"Es atractivo"
"Tiene los ojos súper chulos"

-Grupo C: Escépticas
Este grupo alega que tiene la cara demasiado redonda, que es demasiado peludo y, en general, antepone la antipatía que sienten hacia el carácter del profe, lo cual condiciona las opiniones sobre su físico. Yo creo que dicen que es un ripio porque les cae mal, simplemente.

Cito:
"¿Sujeto P? ¡Argh! ¡Es horrible!"

"Imagínatelo nadando: sería como una bola de pelo flotando en el agua"
"¡Pero si parece un oso!"

"Nonononono, no, no y ¡NO!"


-Grupo D: Indiferentes.
Directamente, les da igual. Cuando les preguntas la opinión te sueltan algo tipo: "puesss... no sabría decirte..." o "Hm... eh... esto...".

Una vez establecidos los cuatro grupos, paso mi crítica personal. Como ya sabéis, es un hombre de unos cuarenta y siete u cuarenta y ocho años de edad, alto, grande, robusto y (según mi padre) fofo. Matizo lo que podáis haber deducido acerca de las citas. Bueno, pues tiene la piel bastante blanca, el pelo es de color gris mezclado con negro y lleva un peinado a lo Cuéntame, que recuerda a los años setenta o así por las patillas, aunque la verdad es que no le quedan mal. Tiene la cara bastante redonda (parece un círculo) y un punto a su favor es que no tiene "claraboyas" en la cabeza, es decir, que conserva casi intacta la melena. Por último, pues mencionar sus ojos que, por mucho que se empeñe el Grupo C, la verdad es que son bastante bonitos: azul claro-gris, escrutadores y cristalinos. He tenido pocos profesores u profesoras con los ojos azules, sólo un interino hace dos años que daba Comunicación Audiovisual.

El punto en contra sería su múltiple vello corporal, visible sobre todo en sus brazos, en sus cejas (las tiene descuidadísimas, es casi uni) y en sus orejas (¬¬). También los pelos que asoman por debajo del cuello cuando lleva desabrochados los primeros botones de la camisa desvelan que es el típico hombre pecho-lobo (pero bueno, al Grupo A esto no parece molestarle mucho, es más, cuando Don Profe se desabrocha los primeros botones de la camisa, en clase no se centran).

Ahora, para ayudaros a formar una opinión, voy a describir su carácter. Uf... esto es casi más difícil que hablar de su físico, pero voy a tratar de resumirlo un poco, porque me estoy alargando bastante.

Veamos... Sujeto P es, ante todo, tremendamente vacilón. Irónico y sarcástico, mantiene esa actitud pasota mezclada con una buena dosis de "Diosss, qué paciencia tengo que tener con ellos" que tan locas vuelve a las del Grupo A y, a la vez, a las del Grupo C. Su humor es negro como el carbón, y abundan en él comentarios sutiles, inteligentes y escépticos, a la par que hirientes. Además, eso hay que saber apreciarlo, porque muchas veces su ironía es tan sutil que pocos la captan (y eso que en mi clase de Geografía somos más de treinta y cinco personas, porque nos juntamos dos grupos), pero yo me considero de las que normalmente pillan sus bromas (más que nada porque mi propia ironía es igual o más suave que la suya, como irá comprobando el lector a medida que regularice sus visitas de este loft internetarial).

Sin embargo, Sujeto P tiene muchas veces los llamados "puntazos", por los cuales te suelta cada cosa que, inexplicablemente, te molesta tanto como gracia te hace. Se queda contigo pública y evidentemente, y entonces la sensación que se te queda es ambigua: por una parte te sientes derrotado y, aunque se supone que en esos momentos deberías odiarle, no puedes evitar admirarle. No sé si me explico, porque es un poco difícil, pero se resume a que, de alguna manera, consigue que, cuando te deja en ridículo, la gente se ría más de su ocurrencia que de tu propia metedura de pata/similares. Pongo ejemplos:

1) En un examen, mientras Sujeto P reparte folios en blanco, el impaciente de la fila del fondo, que parece no percatarse, no para de preguntar:

-¿Dónde hacemos el comentario?

Tras un rato de insistencia, el profe suelta sin alterar el tono de voz:
-Ahí en la pared, que te pilla cerca -carcajada general.


2) Poniendo la fecha del examen:

Él: ¿Va bien el día 22?

Todos: Sí.

Joel: [el típico gordito con gafas, que nunca se entera de la película] Pero si el día 22 es fiesta.

Alguien: Qué va a ser fiesta, Joel, tú estás flipao.

Él: [aparentemente sin prestar atención a la interrupción] Entonces confirmado, ¿no? Venga, pues el día 22.

Joel: Pero que el día 22 es fiesta. Lo tengo marcado en rojo.

Él: Sí, fiesta. El día de San Joel.

[Todavía me salen las lágrimas cuando lo pienso. Dios, casi me asfixié de la risa cuando lo soltó]

3) Hoy mismo. Mi compañera de pupitre contándole batallitas a la de delante. Después de que Sujeto P exigiera varias veces silencio con tono peligroso, a la quinta que la ha pillado hablando le suelta:

-Qué interesante. Me cautiva tu historia, luego me la cuentas a mí también, ¿sí?

La chica, ferviente miembro del Grupo B, después de enrojecer no ha vuelto a abrir la boca durante el resto de la clase.


4) Otra vez hablando. Después de decirle tropecientas veces a dos que se callen, Sujeto P las mira, ya que estaban sumergidas en una apasionante conversación, y señala a una con el dedo índice:

-Tú -dice, acusador.
La chica se paraliza inmediatamente.

-Tú eres la culpable. Sal fuera, habla lo que tengas que hablar con las paredes y cuando acabes, entra.

La chica, casi con lágrimas en los ojos, supercortada.
-No, no, por favor, Sujeto P, me portaré bien.

-¿Lo prometes?
-Sí, sí, lo prometo, lo prometo.

Eh, lo cumplió.

Y es que, en cierto modo, ese hombre inspira un profundo respeto hacia nosotros, los estudiantes. De los que más. Consigue que callemos sólo con una mirada porque ya le conocemos todos bien y sabemos lo incómodo que resulta a veces enfrentarse a él.

Más cosas... su voz es súper grave y cuando habla no se le entiende. Por eso los motes de El Murmurador, o Sujeto P-voz de tubería. Habla en molestos susurros que nadie oye y siempre hace uso de la desesperante muletilla: ¿S'antén o no s'antén?, que es valenciano y significa ¿Se entiende o no se entiende?. La usa, sin exagerar, al final de cada frase. En plan:

-Y, en conclusión, en el norte hace más frío que en el sur, ¿s'antén o no s'antén?

Pero también:

-Bon día, ¿s'antén o no s'antén?

Paradójicamente, cuando habla -los inexpertos desistirían de tener una conversación con él- no se entiende absolutamente de lo que dice, nada excepto el molesto s'antén o no s'antén. Y curiosamente cuando lo dice todo el mundo le responde siempre que sí, aunque muchas veces la respuesta sea negativa. Si lo oyes hablar, es una cosa así:

-bsbsbssbsbsbsbsbsbbsmbsmbsmbsmbsm, ¿s'antén o no s'antén?, bsmbsmsbsmsbsmsbsm...

Esto con su intimidante voz de tubería (:P). Además, con el s'antén o no s'antén hace variantes, del tipo: m'explique o no m'explique u val o no val. Aunque, sin duda, lo peor es cuando lo deja en el aire. Es decir, está explicando y de repente te lo ves venir con el típico s'antén o no s'antén (en una hora te lo puede soltar como media unas ciento cincuenta veces -contadas con palitos en los márgenes de los libros). Pero, sin embargo, Sujeto P te sorprende y sólo dice: ¿s'antén...? Y tu, angustiado, piensas para ti "¿... o no s'antén?", porque suena hasta mal si no está la expresión completa.

Además, mi profesor es tremendísimamente vago. Algunos le llaman Sujeto P el Gos (el perro, vamos). Está explicando en la pizarra y de pronto suelta:

-Uf, qué cansado estoy -y va y se sienta en una silla y cierra los ojos durante un segundo. Luego los abre y sigue explicando sentado.

O, cuando el año pasado sólo éramos cinco en su clase, mientras hacíamos los exámenes él se sentaba como el típico jefazo: con los pies encima de la mesa. De hecho, es de los que cuando vamos a ver una película él se coge tres sillas para él: una donde se sienta, y otras dos más para las piernas.

Y descarado es un rato. A veces se trae un chupa-chups y se pone a explicar o a dictar, y justo cuando estás de lleno metida en la tarea, notas que para de hablar y te preguntas qué pasa. Levantas la vista y te lo ves dándole vueltas al chupa-chups con todo el morro del mundo, pasando de las treinta y cinco personas que están contemplándole estupefactas, esperando a que decida seguir dictando. O un chicle, que es más fuerte aún porque se pone a hablar y de repente dice "esperad un momento". Hace un globo gigantesco, lo explota, lo sorbe delicadamente y continua. U el móvil, que cada vez que le llaman lo coge delante de todos sin pudor alguno y habla como si estuviera solo. Una vez se pasó un cuarto de hora (cronometrado) hablando con su mujer: "vale, yo recogeré a la niña", "¿qué has dicho que harás para comer?", "besos, yo también te quiero". ¿Eso dónde se ha visto, señores? O_O

¡Y patoso! Que una vez se tropezó con una silla y se abrió un agujero enorme en un camal del pantalón, que estuve tres días tratando de no prorrumpir en risitas tontas en su asignatura. O cuando rompió el mapa que traía todos los días a clase, y lo -literalmente- pataleó con rabia y amenazó con quitarnos medio punto si nos reíamos.
Como ya he dicho, todo un personaje.

En fin, voy a redactar mis conclusiones generales, que el lector podrá compartir o distar de ello tras haber conocido a tan profundo, pragmático y singular profesor. Bueno, pues creo que nos encontramos ante el típico caso de profesor interesante, que algunos consideran guaperas y otros no (no me incluyo en ninguno de los cuatro grupos del colectivo) y que, como ya comenté en alguna ocasión, necesitaría varias entradas para él solo. Creo que Sujetos Pes sólo hay uno y que, como tal, pertenece a un caso extraordinatrio dentro de la variada fauna de profesores raritos que se cuentan en mi recopilatorio.

Con esto concluye la primera parte de la inminente historia de "Sobre amores imposibles". El próximo fascículo será Doña I, la practicanta, de la que, como la conzco desde hace poco, no podré profundizar tanto, por suerte. Espero no haberos cansado demasiado con todo el rollo de Sujeto P, pero como veréis, una misma persona puede tener innumerables facetas. Cuidaos de él, ;)

Continuará...


Besazzos,

*Luli*

lunes, 22 de octubre de 2007

Cuando tus padres se emborrachan / OCTUBRE


Hola a todo el mundo.

En primer lugar, agradecer los comentarios que me he estado encontrando últimamente por aquí, decir que me ha halagado mucho que la gente se moleste en hacerme saber que aprecia mi trabajo y añadir que voy a seguir dando la tabarra, tengo para rato. ^^

En segundo lugar, profundizar en la entrada para que concuerde con el título: "Cuando tus padres se emborrachan". Como siempre, empezaré desde el principio.

El principio en este caso vendrían siendo los orígenes de mi madre, que es alemana, natal de Hamburgo. Cuando conoció a mi padre en España y decidió quedarse con él a vivir aquí, dejando todo atrás, cometió un acto muy valiente, en mi opinión, pero sobra con decir que lleva viviendo en mi pueblo desde hace veinte años ya y que es muy feliz. Sin embargo, es evidente que una parte de ella sigue arraigada a su germano país, por lo que, de vez en cuando, rememora cosas de allí de diversos tipos: recuerdos, anécdotas, lugares, personas, fiestas... Sí, fiestas. En concreto, estoy hablando del Oktoberfest, o Fiesta de la Cerveza, que se celebra en München (Munich) todos los años por estas fechas.

He dicho que mi madre es hamburguesa (qué extraña me siento diciendo esto, pero en fin), aunque eso no quiere decir que no haya ido a Munich, que, por si a alguien le interesa, está en el otro extremo del país. Cuando era joven fue con su familia varias veces, como si algún madrileño viniera a Valencia todos los años por las Fallas, pues igual. Y eso, que se lo pasaba muy bien y que le tenía mucho cariño a la fiesta y que ojalá algún día regresara.

En ésas estaba cuando, de pronto, hará unos cuatro años, mi padre descubrió a través del periódico que había una recreación del Oktoberfest en Calpe, Alicante. Al parecer los guiris de turno habían montado una carpa gigante con mesas donde se dedicaban a repartir cerveza y salchichas durante toda una semana, desde las seis de la tarde hasta las ocho de la mañana, que es cuando suele cansarse la gente. Se lo comentó a mi madre sabedor de sus deseos, y ella en seguida le convenció para ir, aunque sólo fuera a echar un vistazo. Total, que fuimos. La primera vez fue más light, primero un poco de turismo por la ciudad, comida tranquila y, finalmente, una ojeada a la carpa. Una ojedada... je, je. Más hubiera querido yo. A las dos de la madrugada volvimos a casa, porque tuvimos que esperar a que le bajara el alcohol a mi padre que, por supuesto, no podía conducir. Lo hizo mi madre, que no había bebido, y que se juró a sí misma que aquello no volvería a pasar. No permitiría que mi padre volviera a beber en el Oktoberfest. Bueno, enfatizo, en realidad no quería permitir que mi padre volviera a beber en el Oktoberfest... solo. ¡Ella también quería! ¿Qué hay de divertido en ir a un Oktoberfest, Fiesta de la Cerveza, y no beber cerveza? ¿Eh? ¡Es como ir de shopping y no comprar nada! ¡Hombre ya!

Conclusión final: a la próxima (porque habría próxima) reservarían habitación en un hotel porque así ambos podrían beber y ninguno tendría que conducir de vuelta a nuestro primitivo poblado a las tantas de la mañana más ebrios que Dionisio, el dios del vino. Y, desde entonces, es una especie de tradición familiar, en la que cada año, por el puente del 9 de octubre (que es fiesta en la Comunidad Valenciana) nos vamos a Calpe a la Fiesta de la Cerveza, que va ganando en cuanto a popularidad y convoy se refiere. A mi hermana y a mí de pequeñas nos hacía más gracia que ahora, pero continuamos aguantando porque el hotel siempre vale la pena y, además, al día siguiente suele haber un paseo por la calle comercial de Calpe, en donde, normalmente, siempre nos cae algo.

Todo este complicado prólogo ayuda al lector a insinuar por dónde van los tiros. Ayer, vamos al grano, fuimos a Calpe a que mis padres le tiraran al "drinki". Yo fui obligada, porque llevaba toda la semana enfadada con ellos y sin hablarles (peleas varias que se dan en mi ámbito diario), pero, de todos modos, no me pude escaquear del acontecimiento y tuve que acudir contra mi voluntad. Lo cual, no me entendáis mal, no significa que fuera contenta de la vida, sino que, más bien, iba dispuesta a complicarlo todo. Que sufrieran igual como estaba haciendo yo (soy buena estratega, se nota, ¿no? ^^u).

A las nueve nos plantamos en la enorme carpa, que ya estaba bastante abarrotada, y, después de encontrar un sitio donde sentarnos, pedimos la cena. Si describo un poco el lugar, para que los que nunca hayan oído hablar de la Fiesta de la Cerveza, diré que se trata de eso: una gran carpa blanca tipo circo, en cuyo interior hay al menos cincuenta largas mesas y el doble de bancos, donde ponen un escenario con gordos tiroleses cantando las canciones típicas de allí a golpe de acordeón y una eficiente barra en un extremo que no para de llenar jarras de cerveza. Y unos treinta camareros rondando por allí. Vamos, un auténtico descontrol.

Yo pedí salichicha, aunque me dejé la mitad por dos razones básicas: 1) Fastidiar a mis padres; 2) No me gustan las salchichas. El pan, eso sí, me lo comí todo, porque si no me hubiera muerto de hambre.

Mi hermana no sé lo que pidió, aunque francamente me trae bastante sin cuidado, y mis padres no pedían otra cosa que cerveza. El camarero que nos tocó a nosotros era argentino y se llamaba Carlos. Carlos, que tenía el pelo más largo que yo y unas entradas hasta el cogote, se portó bastante bien durante toda la noche, sobre todo a final, cuando tenía que soportar los chistes de mi padre.

Y nada, empezó la velada. Había cientos de viejos alemanes bebiendo cerveza y atiborrándose de codillo y "frankfurts" mientras los tiroleses cantaban todo el rato canciones tipo Paquito el Chocolatero, pero en alemán, claro está, y todos se les unían al unísono y levantaban las jarras de medio litro. A mi lado había una mujer rubia, claramente germana, acompañada de un no tan germano acompañante: más bien parecía un chulo de playa vestido con el típico look ibicenco de Julio Iglesias. También se tragaban una jarra tras otra y, conforme iba avanzando la noche, sus entonaciones iban aumentando de tono, de modo que tenía que ir tapándome la oreja izquierda con la mano para no quedarme sorda. Yo estaba todo el tiempo poniendo cara de mala ost** y, la verdad, me lo hubiera podido pasar bien en otras condiciones (véase: con amigas u con mis padres, aunque de buen rollo, cosa que no estaba yo muy en la labor), pero me tuve que conformar con guardar en mi memoria todas las estupideces que hizo mi familia.

Conforme iban pasando las horas, el ambiente iba cambiando: el antes ruidoso grupo de tiroleses pasaba a ser ahora atronador, mientras que las múltiples cervezas consumidas por el personal presente empezaban a notarse. La gente comenzaba a subirse a los bancos y a cantar cada vez más alto, los camareros iban como locos de un lado para otro y había que cubrirse con los periódicos que regalaban allí para que las "frankfurts" asesinas-voladoras que surcaban los aires viciados de la carpa no decidieran aterrizar en tu cabeza. Al mismo tiempo, había que ir con cuidado de no inundarte los zapatos, pues la cerveza formaba diversos riachuelos que abarcaban toda la superfície terrestre de dicha carpa, y más de una vez tuve que levantar las piernas para que no se me mojaran los calcetines. Pero, como en todo, había diferentes puntos de vista. Así como yo era la única que conservaba su sentido de la sensatez en aquel caos verbenero y trataba de salir ilesa de la experiencia, mi hermana-la-víbora, por ejemplo, estaba todo el tiempo más ocupada en beber chupitos a escondidas de mis padres.

Porque mi padre, previsor, había comprado una caja entera de chupitos (había 20) llamados Feiglings (Cobardes). Los chupitos eran de vodka con higo y, la verdad, no están nada mal, pero me parece un poco inhumano que una moza (juajua) de catorce primaveras (juajuajuajua) se tome 5 seguidos, teniendo en cuenta que era la primera vez que probaba el alcohol. Carlos ya se lo advirtió a mi padre, cuando le puso la bandeja con los 20 chupitos delante de las narices:

-Le va a estallar la cabeza con esto, señor.

-Ja, ja, da igual, si una vez al año no hace daño -mi padre creo que veía doble ya-. Ah, ¡hip! y tráenos dos birras más.

-En seguida.

Por aquellos momentos yo estaba inmersa en una complicada tarea: robarle el bolso a mi madre, que estaba en frente de mí. No quería el bolso en sí, sino el bolígrafo que había dentro, pero para eso era necesario también el "envoltorio". Y ahí estaba yo, contorsionándome hasta límites que ni yo misma sospechaba, para lograr mi objetivo, cuando, al fin con el deseado boli en mi mano, me incorporo para encontrarme con la siguiente escena: mi padre bailando una especie de jota encima de la mesa, balanceando una jarra llena sobre mi cabeza; mi madre haciendo lo propio sobre el banco y abrazada a la mujer rubia que había a mi lado, ambas dando botes como si se tratara de dos hinchas de Tokio Hotel delante del Bill ese; mi hermana bebiéndose dos chupitos seguidos mientras se giraba discretamente, para disimular; y el novio de la alemana (el Julio chuleta, vamos), marcándose una serie de movimientos dignos del youtube.

Yo, joven e impresionable como soy, podría haberme puesto a llorar ante semejante visión, pero decidí poner el automático y apuntar con el boli en todas las páginas de todos los periódicos que tenía a mano
www.peripeciasdelulimanuli.blogspot.com , aburrida.

Poner el automático es, por regla general, un sencillo acto inconsciente: te aburres en clase de Historia y pones el automático, te están contando un coñazo sobre la física cuántica y pones el automático, lees Don Quijote y pones el automático, te están riñendo tus padres y pones el automático (yo, siempre), estás mirando El Tomate y pones el automático... todo son situaciones fáciles. Prueba tú a poner el automático en mitad de una Fiesta de la Cerveza, cubriéndote las espaldas ante posibles "frankfurts" voladoras-asesinas (algunas venían con cargamento-misil de mostaza), con cientos de personas locas y más borrachas que una cuba sembrando el caos a tu alrededor, incluidos tus respetables progenitores (para mí, después de la lamentable función de anoche han perdido mucho, la verdad), con una hermana-víbora chupeteando ávidamente las últimas gotas del botellín de su tercer chupito, y tratando que no te atropelle la germana de al lado con sus temibles tacones. Prueba. A ver si te sale. Chulo, que eres un chulo (o chula, en su defecto). Pues a mí tampoco me salió, la verdad, al menos no en aquel momento.

Seguí rayando los periódicos mientras me limitaba a observar atemorizada a mi alrededor. Mis padres bajaron junto con Sujeto H (la germana) y Sujeto Q (el novio -que era de Calpe- de la germana) de la mesa y se fueron al escenario. Desde la lejanía contemplaba yo a mi madre bailando un vals o algo parecido con un señor que iba vestido de tirolés, aunque parpadeé y la volví a ver con mi padre, al lado de decenas de parejas de decrépitos ancianos. También contemplaba a mi hermana, que supuestamente tenía que cuidar del bolso de mi madre, pero que se entretenía haciendo montañitas con las botellitas de los chupitos y, de vez en cuando, todavía sacaba la lengua para dejar caer sobre ella otra gota de vodka con higo que había quedado en algún frasco... Creo que en ese momento no era consciente de lo que estaba sucediendo a mi alrededor.

Además, un tío que estaba en el banco detrás de mí me dio unos golpecitos en la espalda, llamando mi atención. Era un hippie-freak de esos muy parecido a Melendi: con rastas y muchos pearcings.

-¿Sí? -yo, escéptica (no estaba para menos).

-Tía... -me suelta después de un rato de concentración-. Me aburro.

-Y yo, no te jode -yo, un poco mordaz.

El tipo aquel tenía que hacer grandes esfuerzos para verme, y eso que me tenía delante de sus morros. Achinó los ojos y estalló en una irregular carcajada.

-Es porque estoy borracho -alcanzó a decir.

-Pues fíjate, que a mí me pasa al revés -le dije-. Igual si hubiera bebido algo me hubiera animado.

El tío se me quedó mirando muy serio, diciendo que sí con la cabeza, pero en seguida se echó a reír de nuevo.

-¿Qué? -supongo que no entendería la complicada frase que le dije-. ¡Que estoy borracho! He dicho.

Yo: ¬¬u

Pero finalmente le suelto:

-Pues deja de beber.

Y el freak ese igual, otra vez la risita y en seguida:

-¿Qué?

-Que te bebas otra jarra, que se enfría.

-A tu salud, ¡hip!

En serio, si no hubiera estado sentado se habría caído en ese mismo momento de espaldas.

Pero las horas pasaban, y yo ya no podía ni apoyar los codos sobre la mesa ya que había tal cantidad de jarras vacías sobre ella que no cabía nada más. Aunque, la verdad, tampoco sé si lo habría hecho, pues el río de cerveza serpenteaba también sobre la madera.

Mis padres y sus nuevos amigos aparecían y desaparecían a su aire, cada vez que llegaban a la mesa cargaban el barco y luego se volvían a largar. Mientras, yo dibujaba y mi hermana hacía fotos a sus torrecitas de chupitos vacíos. Tenía las mejillas sonrosadas y dejaba escapar sonrisillas sospechosas, a las cuales yo respondía con una mirada de reprobación. Mis padres y sus amigos (Sujeto H cargada con un gran algodón de azúcar) regresaron y se pusieron a hablar de mi vida como si yo no estuviera delante. Que si por qué yo ponía esa mala cara, que si era una gruñona. Y luego hablaron de la vida de mi hermana, que si había suspendido dos asignatiras este verano, que si era una pija. Vamos, sacando nuestros trapos sucios delante de dos perfectos desconocidos. Y todo interrumpido por bailes de "sobremesas".

Sujeto H, que está divorciada y no del todo en sus cabales, de vez en cuando me contaba que ella tenía una hija de mi edad que ahora estaba por ahí con sus amigos, de marcha en Benidorm (¡¡¡ESAS COSAS NO SE CUENTAN CUANDO UNA ESTÁ AL BORDE DEL DESQUICIO!!!), y que si los de la mesa de al lado (más freaks) me estaban mirando, que sería guay conocerlos y que fueran mis novios. O_O A la vez que me hablaba, me metía trozos de algodón de azúcar en el ojo y en la boca. En el ojo involuntariamente (si no llega a ser por las gafas me lo arranca) y en la boca voluntariamente. Cogía un trozo de algodón, lo apretujaba entre sus manos llenas de cerveza y cenizas de tabaco, y me lo estampaba contra la cara, a la vez que yo, mientras tosía y trataba de limpiarme con una servilleta, le decía con el mejor tono que era capaz de poner en aquellas circunstancias:

-No, no, grafiaf, no quiero algobon fe afucaf, ¡cof, cof!

Mi chaqueta, blanca al inicio de la noche, ahora ha quedado rosa T.T

Después de aguantar siglos y siglos muriéndome del asco, al fin llegó la hora de marcharnos (tras insistir pesadamente durante milenios). Y ahí es donde empezó el verdadero espectáculo. Salimos de la carpa y mi hermana llamó a un taxi -porque mis padres no podían hablar correctamente-, le dijo que viniera a por nosotros. Estuvimos esperando durante unos diez minutos, cuando de pronto apareció un trenecillo turístico de esos, cuyo recorrido era Calpe-Oktoberfest, Oktobrfest-Calpe. Mis padres decidieron pasarse el taxi por el forro y subir al trenecillo (odio el trenecillo) para que nos llevara hasta el centro, y de ahí ir al hotel. En el trenecillo hacía un frío que te mueres, porque no hay ni puertas ni ventanas, sólo un mísero techo para cubrir en caso de lluvia, y yo estaba todo el tiempo encogida sobre mí misma, envuelta en mi pegajosa chaqueta rosa y deseando que el trayecto acabase. Mis padres, mientras tanto, no hacían otra cosa que reírse, y mi padre decía:

-¡Eh, chaval! Sube las ventanillas que hace frío.

Y más risas. La gente de delante nos miraba entre divertida y recelosa, y mi hermana se ocupaba de amenizar la situación con sonrisitas culpables. Yo, por mi parte, me mantenía callada y sarcástica. Entonces subieron dos tres ingleses jovencitos, algo más mayores que yo. Mi padre se puso a hostigarlos con chistes malos, pero ellos dejaron bien claro que:

-Ey, no entiendo, tío.

-Vale, gilipollas, ahora te doy un carchotazo y te pones a llorar, ¿de acuerdo? -repetía mi padre.

Mi hermana tenía miedo de que mi padre iniciara alguna pelea, porque los chavales ingleses parecían molestos, pero no respondían, se limitaban a mirar con aires despectivos. Luego se tiraron del trenecillo en pleno movimiento, se cayeron todos al suelo y mi padre se burló de ellos.

Bajamos del tren e iniciamos la marcha hacia el hotel. Mi padre y mi madre (los dos) iban descojonándose todavía de la caída de los chicos ingleses, llorando de la risa y hablando con una voz claramente borrachil. Mi padre se metía en todos los maceteros que había por la calle y se puso a arrancar rosas para regalárselas a mi madre, y se cortó varias veces. Mi hermana intentaba que no se separaran mucho y los trataba como a niños pequeños. Yo, para variar, caminaba a diez metros de ellos para que no creyeran que era de la familia. Al cabo de un rato nos perdimos, porque mi padre, en cual estado se encontraba, no fue capaz de interpretar el mapa adecuadamente.

Después de merodear por las calles vacías durante quince minutos (que en aquellos momentos se me hicieron eternos), llegamos a la conclusión de llamar a otro taxi y, aquella vez, esperarlo. Cuando llegó y nos subimos, resultó ser el mismo que nos había llevado al Oktoberfest, y supongo que se quedó bastante sorprendido al comprobar cómo el estado de ánimo de mis padres había cambiado en el transcurso de cinco horas (o más, no quiero saberlo). Finalmente, llegamos al hotel.

Una vez allí, en el ascensor, mi padre dejó caer al suelo una jarra de cerveza que había robado de la fiesta, porque quería demostrarnos que, al ir envuelta en una hoja de papel de periódico, esta no se rompería. Después de haber cargado con la jarra durante tres cuartos de hora aproximadamente, esta estalló en mil pedazos al mínimo contacto con el suelo, y mi padre se quedó tan anonadado que hasta me dio casi lástima su expresión. Recogió los pedazos y se los puso a mi hermana en los brazos (mi hermana, por cierto, cargaba en la otra mano con la caja de los treinta chupitos que se habían tomado entre todos, los chupitos incluidos -aunque vacíos). Y esa fue nuestra triunfal llegada.

No creáis que esto es el fin, no, porque cuando yo ya estaba cambiada y dentro de la cama, de repente suena el teléfono de la habitación (que, creedme, a las dos y media de la madrugada hace un ruido mucho más estruendoso que de costumbre). ¿A que no sabéis quien era? Sí, mi madre, que nos obligaba a ir a la habitación contigua (la 1409). Yo, cagándome en todo lo cagable, mi hermana, bastante entusiasmada, nos dirigimos las dos a la habitación de mis alocados viejos para encontrarnos con la siguiente escena: las camas deshechas, los edredones y las mantas en EL SUELO de la terraza (es decir, fuera de la habitación) y mis padres ENTRE las mantas, como si de unos sacos de dormir se tratara, los dos llorando de la risa.

-Vuestro padre se ha meado en las plantas -es lo que conseguí entender de la boca de mi madre.

-La taza del váter quedaba demasiado lejos... -murmuró mi padre, también entre carcajadas.

Había doce pasos.

-Vamos a dormir aquí fuera, ya veréis qué bien se está...

Me largué antes de que siguieran, hubiera sido peligroso que me quedara, alguien podría haber resultado herido.

Finalmente, conseguí dormirme, a la agradable hora de las 3 a.m.

Huelga decir que, a la mañana siguiente, mis padres y mi hermana tenían un resacón que la flipas.

Besazzos,

Luli

domingo, 21 de octubre de 2007

La Farmacia / AGOSTO - INACABADA


La primera vez que entré, aún la encontraba normal. La segunda, más o menos, pero a partir de la tercera, decididamente NO. En esa Farmacia están todos locos. Llevo trabajando cerca de dos meses en la tienda y estoy llegando a la conclusión de que es una especie de psiquiátrico, un centro de rehabilitación mental a puerta cerrada en el que los pacientes superan sus discapacidades a base de terapia: relacionarse con el público. ¿Cómo? Haciendo de dependientes. ¿Dónde? En una Farmacia, donde tienen todos los medicamentos a mano para tratar a los internos y, de paso, hacer de tapadera. Bueno, es una teoría un tanto insólita pero es que, en serio, no son normales.
Para comprender esta entrada un poco mejor, voy a dividirlo en varias secciones, de ese modo no me haré un lío enredándolo todo y, con ello, enredándoos a vosotros.

1) La televisión.


Hacen autopropaganda. El señor farmacéutico, que es un señor que debe tener unos doscientos años así, a ojo, coge todos los veranos una cámara de vídeo (de ésas de grabar comuniones y cumpleaños familiares) y con ella hace un anuncio-documental. Es instructivo, informativo, afirmativo (lo digo para cuadrar la frase) y… tremendamente freak. Comienza con unas grandes letras rojas que rezan: VERANO 2007. A continuación, un bonito enfoque de la carretera principal. Cinco minutos grabando, desde una esquina del arcén, a los coches que pasan de largo, la misma rotonda –que está quieta, claro-, la misma escultura ridícula que hay en el centro y el mismo edificio que se ve de fondo. La única emoción es un flipao de ésos que lleva el coche tuneado enseñando el dedo corazón por la ventana, en un atasco, con un gesto cariñoso (sutil ironía).

Después de una eternidad de matrículas, pasamos a la siguiente escena: la playa. Aparecen de repente un montón de personas mirando mosqueadas a la cámara, mientras ésta se tambalea, dando a entender que Don F (de farmacéutico) no se está quieto. Dos horas enfocando las olas del mar, otra hora más enfocando el cielo, otra hora más enfocando los edificios de primera línea… vamos, que aunque en realidad son dos minutos, se te hace eterno. Después se centra, como ya he mencionado antes, en las personas. Empieza a salir gente en bikini colocándose de tal manera que la cámara no les enfoque la cara. A pesar de ello siempre hay alguien que no reacciona a tiempo y no puede esconderse. ¿Cuál es su única opción? Salir con cara de malas pulgas. Y, la verdad, lo comprendo. Quiero decir, imaginaos la situación y poneos en la piel de las personas de la playa: estáis tan tranquilamente bañándoos, tomando el sol o simplemente no haciendo nada y, de repente, aparece un carroza con una cámara y se pone a acercar el zoom del objetivo a vuestra cara. Yo, la verdad, no sonreiría porque si al señor no lo conozco de nada, ¿para qué narices tiene que grabarme? ¡Que grabe a su tía! Y encima ligera de ropa. Bah, paso, me dan escalofríos sólo de pensarlo.

Bueno, estas dos etapas del vídeo (la carretera en pleno tapón y la playa con la gente medio cabreada) son una pequeña (resalto “pequeña”) introducción del anuncio. Es como una visión general del entorno que rodea la Farmacia. Si yo viera ese vídeo en la televisión, no iría.

Luego ya se centra en lo que es el establecimiento. Se ve la cámara temblorosa entrando por la puerta “mecánica” (yo la llamo la puerta asesina, porque si no te andas con ojo puedes correr grandes riesgos. En serio, tienes que ponerte en un ángulo exacto debajo del sensor para que la puerta te detecte y se abra a trompicones, y luego pasar rápidamente para que no te atropelle, porque aunque tarda siglos en abrirse, se cierra antes de que estés dentro). La primera imagen que tienes de la Farmacia por dentro es la de una señora que está tranquilamente haciendo su pedido a una chica sonriente en el mostrador (qué gran actriz ¬¬). La señora oye un ruido extraño tras sí, se gira y se topa de bruces con la cámara. ¡Sorpresa! –diría Don F- ¡Estás en el anuncio de mi local! La señora se pone de los nervios –lo comprendo- y, de repente, se le caen todas las monedas al suelo. Entonces Don F enfoca a la acalorada señora por detrás mientras ésta recoge su dinero rápidamente. Gran escena.
Después de eso la cámara se mete para dentro, y ahí es cuando comienza el verdadero anuncio. Empieza a mostrar las instalaciones (biblioteca, sala de pruebas, laboratorio, nosequédenosecuántos…) y, en cada habitación, enfoca todas las estanterías, todos los cajones, todas las probetas y todos los aparatitos que tienen allí. Es que es una Farmacia en la que se hacen ellos mismos sus productos, y luego los venden como si fuera eso Frenadol o Ibuprofeno. En cada sala empiezan a sacar rótulos, del tipo siguiente:
- Fabricación propia de productos
- Grandes especialistas titulados (ejem… ¬¬ )
- Cosméticos de alta calidad (¿?)
- Colocación de pendientes (me asusté)
- Salas blancas
- Salas limpias (igual que nosotros, que llevamos todo el verano con cucarachas)
- Salas estériles
- Tecnología punta a la hora de tratar nuestros productos (las máquinas que salen parecen lavadoras gigantes)
- Temperaturas adecuadas para cada situación (el tipo de situación no lo especifica)
- Análisis clínicos (tampoco especifica)
- Lotería de Navidad (¿¿¿???)
- ...
Pa que veas. Yo lo he resumido brevemente, pero el anuncio dura media hora, así, a lo tonto. Y por lo menos veinte minutos son de rótulos de ese tipo. Luego sigue con la presentación del Equipo F (de Farmacia), es decir, los Grandes Especialistas Titulados. Don F se pone a enfocar uno a uno a todos los que trabajan allí con él (que no son pocos) y poniendo el nombre correspondiente debajo de ellos.
- Sujeto L
- Sujeto T
- Sujeto A
- Sujeto R I
- Sujeto R II (no pone apellidos, pone 1 y 2. También podría haber puesto A y B, digo yo)
- Sujeto G
- Sujeto M (víbora, víbora…)
- Sujeto J
- Sujeto S
- Sujeto A de nuevo
- Sujeto no se qué…
Espectacular. Son al menos quince o dieciséis allí metidos. Y la cámara los enfoca a todos mientras atienden a la gente, mezclando potingues, delante de los ordenadores, concentrados en una fórmula… Y, claro, como son Grandes Profesionales, los que estén leyendo esto creerán que salen serios delante de la cámara, como si no hubiera nadie grabándoles los tabiques nasales (Don F será un Gran Especialista Titulado, pero necesita hacer un cursillo de zoom para las cámaras digitales)… ¡Pues no! Salen todos riéndose ante la imagen temblorosa, nerviosillos, tropezando, sacando la lengua (¡!), poniendo la mano delante del objetivo… Vamos, de seriedad nada. ¡Pero nada de nada, monada!

Y así transcurre el vídeo que, por cierto, va acompañada de música tecno de años anteriores. Éste lo ponen en una televisión de pantalla plana que tienen colgada en una esquina de la Farmacia y la gente cuando va y hace cola (es que siempre hay cola, quilométrica por cierto) se entretiene mirándola. Muchos ponen cara de desagrado también, o de circunstancias. Vamos, que el vídeo triunfa.

2) Los farmacéuticos.

Como ya he mencionado anteriormente, debido a la publicidad, hay, como mínimo quince personas en esa Farmacia. Pasaré a describirlos de uno en uno, aunque sólo a los más relevantes.

Está, como ya he dicho antes, Don F, el jefe. Éste es un ancianito simpático que suponemos que está casado con Sujeto L, la elegante. No sabemos cómo se llama Don F de nombre, así que lo llamamos Don F. Es, aparentemente, de los más normales. Hay, no obstante, cierto pique entre él y mi jefa. Bueno, mejor dicho, a mi jefa le gusta picarse con los de la Farmacia. Una vez fue a comprarse una crema para piernas cansadas fabricada por ellos (la crema tenía una textura gelatinosa y un color turbio impuro que, pa mí, que estaba caducada porque, además apestaba) y, cuando entró, coincidió con Don F. Se estaban saludando y todo eso cuando, de pronto, Don F puso el dedo en la llaga.
-¿Qué, mucho calor, eh?
Es que en la tienda en la que trabajo no hay aire acondicionado. Tampoco hay un ordenador que registre las ventas –sólo una caja como la que tiene la panadera de mi esquina- ni tampoco aparatitos de ésos que aceptan tarjeta de crédito. Es un poco tercermundista, pero no podemos quejarnos porque, para una vez que renegamos del calor, el jefe nos contestó: “recogiendo fresones se pasa más calor aún”. De todas formas, toda la gente sabe ya que no tenemos aire, así que mi jefa, cuando fue a la Farmacia ese día, consideró como un ataque el comentario más que normal de Don F.
-Pues fíjese usted –le respondió-, que aquí hace frío y todo.
En la Farmacia tienen un aire acondicionado que te cagas en las bragas, y se está de pm allí, por lo que, aunque mi jefa se estaba muriendo de envidia, le contestó de ese modo. Y, no quedándose contenta, añadió:
-Es que estamos ya tan acostumbrados a la temperatura ambiente (40º) que aquí refresca demasiado. Que pase un buen día.
Don F debió quedarse así O_O, pero como es un caballero no dijo nada. Aunque imagino que se quedaría mirándola con ironía y, por qué no decirlo, algo de recochineo.

Pasando de personaje, nos centraremos ahora en Sujeto L, la elegante. Ésta es una señora que también debe tener ya sus buenos lustros cumplidos y que, como ya he dicho, suponemos que está casada con Don F, porque siempre van juntos. Es una mujer (siento decirlo) fea. Más fea que pegarle a un padre. Además, siempre pone cara de asco. Se parece en cierto modo a un troglodita de éstos de la edad del Neandertal, sólo que con gafas y con el pecho caído. Pero bueno, todo esto son nimiedades en comparación con su inigualable elegancia natural. ¡Ah, es que es de fina ella! Se presenta a trabajar con la bata abierta, dejando entrever un jersey rosa combinado con unos bombachos verdes (¡!¿?) y, lo más importante, calcetines blancos por encima de la rodilla enfundados en zuecos de enfermera. Isabel Preysler se queda corta a su lado. Tsé.

Sujeto R II. Chica bajita, infantil, tímida e introvertida. Toda una Gran Especialista Titulada. La tercera vez que entré a la Farmacia (la vez fatídica) había una señora delante de mí que estaba preguntándole a Sujeto R II por un producto. Un bote de crema autobronceadora, en cuestión. La señora insistía en que se trataba de un bote con vaporizador, porque la crema era en forma de spray. Y Sujeto R II le repetía taxativamente que no, que imposible, que en spray no se había ni inventado. La señora salió de la Farmacia con un mosqueo impresionante, dejando paso a otro hombre que también estaba delante de mí (cola quilométrica, recuerda). Pero algo hizo cambiar de idea a la señora, porque volvió a entrar a la Farmacia (a cámara lenta y todo), jugándose la vida por segunda vez con la puerta asesina y con la cara desencajada por la rabia. Se dirigió al mostrador saltándose la cola (hazaña inigualable) y se encaró con otro Gran Especialista Titulado, el Chico Kawasaki (mi preferido).
-Mira, es que acabo de entrar y una compañera tuya me ha dicho que no tenéis el (nombredelproductoeencuestión) en spray, pero yo estoy segura de que sí que existe.
El Chico Kawasaki (o Sujeto A), que mide al menos dos metros, se dio la vuelta y, sin moverse del sitio, cogió un bote de una estantería que había detrás de él y se lo puso a la señora delante de sus narices. Ésta sonrió triunfadora y dijo:
-Si ya sabía yo…
Pagó y se fue. Claro, como comprenderéis, desde entonces no he vuelto a ver a Sujeto R II con los mismos ojos. Para mí ha pasado de ser una Gran Especialista Titulada a ser una incompetente. Una vez vino a la tienda y se compró una camisa. Parece buena gente.

Pasemos ahora a Sujeto M, la víbora. Es antipática con avaricia. Se cree la dueña de la Farmacia y eso que no es familia de los jefes. Debe tener veintisiete o veintiocho años, pero aparenta treinta y cinco. Y es de estúpida… bua, para parar un tren. A mí sólo me ha atendido dos veces, y doy gracias por ello. La primera fue para comprarle unas pastillas a mi compañera. Unas pastillas que van estupendamente para la resaca y el dolor de regla (?). Mi pobre compañera estaba casi viendo visiones de la resaca que traía, y como no podía ni moverse me envió a mí a sus recados (un beso desde aquí a esa peazo artista, muá). No estaba segura del nombre de las pastillas, así que lo escribió en un papel, el cual le mostré luego a Sujeto M, que se las da. Ésta lo leyó y empezó a reírse.
-Vale, no se llama de esa manera, pero sé a lo que te refieres (tonta) –no lo dijo, pero lo pensó, seguro.
Y la segunda vez… pf, ésa fue la peor. Fui, en una urgencia (jeje, en una urgencia… a la Farmacia…) porque en la tienda nos habíamos quedado sin monedas. Necesitábamos cambio urgentemente, y mi compi, después de intentarlo en los bazares que también colindan con la tienda, me dijo que lo intentara en la Farmacia. Me dirigí con un billete de veinte euros (para que me diera cinco de dos y diez de uno –o incluso de cincuenta céntimos algo-) y se lo pedí con mis mejores modales y con mi cara más trágica (urgencia, recuerda).
-No puedo –respuesta seca.
-Por favor, por favor, por favor.
-Ay, está bien, te daré cinco euros, pero no os vayáis acostumbrando que todos los años venís a pedirnos algo. ¡Nosotros nunca hemos ido a pedirle cambio a nadie!

Se lo comenté a mi jefa en alguna ocasión. Para variar, saltó (es que los vecinos la ponen muy nerviosa).
-¡Anda con la lista! Pues si ya no nos ayudamos ni entre compañeros, a dónde iremos a parar. ¡Esa lo que pasa es que cree que la Farmacia es suya! ¡Es una (palabras censuradas)! ¡Ya le diré yo a Don F lo maleducados que son sus empelados, ya!
Y siguió. Se pica con facilidad, pero, en cierto modo, la comprendo.

Luego sólo me queda Sujeto A, que es un poco pija. De ella no tengo nada que censurar, sólo que es algo tiesa y que únicamente habla castellano a pesar de ser del pueblo. Mi comps la conoce y fue a la boda de su hermano. Dice que es maja.

3) Los moteros

Son dos. Y tienen tela pa parar un camión. Todo empezó las primeras semanas cuando, todos los días, aparcaban delante de nuestra tienda dos enormes motos de carretera. Una Kymko negra (bonita, por cierto) y una Kawasaki roja más grande aún. Mi comps y yo las mirábamos siempre, preguntándonos de quiénes serían, hasta que ella un día se dio cuenta y me lo dijo.
-¡Son de los de la Farmacia!
-Ahm.Y no le di más importancia. Como son tropecientos y la madre en la Farmacia, no sabía quienes eran “los de la Farmacia”. No me fijaba. Pero todo eso cambió un inocente día en el que tuve que ir a ese establecimiento por cuarta o quinta vez –después de la fatídica. La razón es que a principios de verano me acometieron unos terribles ataques de tos asmática que tuve que tratar a base de jarabes, inhaladores, caramelos, etc, por orden de mi doctora. Eso me llevó, cómo no, a ese lugar. Y la vez que siguió a la fatídica (llamada a partir de ahora LA vez) resultó ser que me tocó el turno a mí en seguida porque, para variar, no había nadie. Lo normal es que, a pesar de que haya dos personas, tengas que estar horas y horas esperando, porque esas dos personas serán, seguramente, gente mayor, que como tales se comportan.
-Mira, reina, que me ha dado el médico esta receta y me ha dicho que venga a la Farmacia, ¿sabusté? Que estoy mala de la cadera y tengo que ponerme estos antinflamatorios.
-Ya, pero es que estas pastillas son para la espalda –respuesta del Gran Especialista Titulado de turno-. Actúan en especial en la zona de los omóplatos, no puede ser. ¿No serán estas otras, que el nombre es casi igual y sólo cambia una letra? Estas sí que son para la cadera.
-No, no, son esas, que son las de la cadera, que me lo ha dicho a mí Fernández, que lleva veinte años atendiéndome –la señora no baja del burro.
“Pobrecito”, pensará el Gran Especialista Titulado, “Tendrá unas ganas de jubilarse…”
-Además, eso es que no entiendes su letra –añade la señora, frunciendo el ceño ya.
“Error”, pensará de nuevo el Gran Especialista Titulado (GET), “Los farmacéuticos tenemos la misma caligrafía que los médicos”. Que digo yo, ¿no podría el Gobierno repartir gratuitamente cuadernillos Rubio para todos los Licenciados en la especialidad de Medicina? Por el bien público, más que nada.
Vamos, que el GET se arma de coraje, sonríe, le da la razón a la señora y le mete las pastillas que le da la gana. La señora se conforma, paga y se va. Bueno, y eso si el GET en cuestión es listo. Que me ha pasado que algún que otro GET sigue discutiendo, y se me ha hecho de noche allí en la cola.

Pero bueno, volviendo al caso, que me estoy yendo por los cerros de Úbeda.

Yo, en mi inopia, me adelanté al mostrador como cualquier otra persona normal y me coloqué delante del dependiente, que resultó ser un chico joven (unos veintiséis le echo yo), con entradas y gafitas. En la primera ojeada que le eché no descubrí aún el brillo de locura de sus ojitos, pero en la segunda ojeada me quedé de piedra. La situación fue la siguiente:
Entro tranquilamente y digo “buenas”.
-¡Hola! –respuesta entusiasmada.
-Verás, necesitaría unos caramelos que calman la tos. El otro día me pusieron unos que van muy bien –y le digo los que eran.
-Claro, sí, es verdad, son muy efectivos –de repente, sin razón aparente, su mirada baja gradualmente de mi cara a, hablando claro, mi escote. Con tal descaro que me quedo un poco perpleja.
o_O
Silencio.
-Los caramelos –le recuerdo, inquieta.
-Ah sí, lo olvidaba –tic-tac, tic-tac, tic-tac, me quedo he-la-da.
¿Que lo olvidaba? O_O
Me los pone, me cobra (mejor dicho, les cobra) y, cuando estoy a punto de salir disparada, me retiene (ejem, las retiene).
-¿Qué, mucho trabajo?
¿Por qué no me mira a la cara? ¡Es asqueroso, Dios!
-Eh… sí, no, bueno…
-Nosotros aquí poco –les dice-. Este año no hay gente casi.
-Ya… -intento girarme y me cubro con el pelo todo lo que puedo. Y eso que mi escote no es de esos exagerados que llegan hasta el ombligo. Es normal.
-Y el tiempo… ¡uf! Muy revuelto.
Pero ¿te quieres callar ya, guarro? Revuelto mi estómago, que no sé ya ni a dónde mirar (lo cual no es el caso de él ¬¬). Joé, un poco más y se caerá dentro, leñe.
-Ah… bueno yo me voy, ¿eh?
-Muy bien… hasta luego.
Salí tan aprisa que me salía humo por los pies.
Desde entonces, es comprensible que este muchacho me de miedo.